Los primeros rayos de sol me despertaron suavemente. Habíamos despegado aún de noche, y ¿qué mejor manera de empezar el día que ver el amanecer desde el avión? Miré la hora en mi celular: faltaban apenas dos horas, unas cuatro más para llegar a Hawái. Hasta ahora, Estados Unidos había sido el destino más lejano al que había viajado, y nunca imaginé que un día iría tan lejos. Y aquí estaba, rumbo al paraíso y también de luna de miel. Desde que nos subimos al avión, Enzo no había dejado de insistir en que tratara de dormir un poco. Aun así, apenas logré cerrar los ojos. En cambio, me pasé el tiempo enviándole mensajes a Josh, aunque sabía que no los recibiría hasta aterrizar. Escribí otro mensaje en mi celular y lo envié, aunque consciente de que él no lo leería de inmediato. —Sabes que
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