Me desperté con los primeros rayos de sol iluminándome la cara. Era extraño, siempre dejaba las persianas cerradas, así que no solía despertarme así. Cuando intenté darme la vuelta para levantarme, noté que algo me lo impedía. Enzo me había abrazado durante la noche, y ahora estaba acurrucada entre sus brazos. Eso también explicaba por qué el lugar me parecía tan diferente a mi habitación. Claro, estaba en la de Enzo. Sentía su respiración suave y constante en mi nuca, lo que me hizo pensar que seguía profundamente dormido. Despertar en sus brazos me llenó de una alegría inexplicable. Sin pensarlo dos veces, me acerqué un poco más a él. La noche anterior había sido mágica. Al llegar a su casa, Enzo me preparó leche caliente porque pensaba que, si no, me enfermaría, aunque eso era una

