—¿Cómo dices?— La voz de Enzo sonaba completamente confundida, como si le hubiera hecho una pregunta fuera de lugar. Eso no podía ser una buena señal. Sentí cómo mi respiración se aceleraba, y de repente, me costaba trabajo recuperar el aliento. —¿Dónde están los bebés?—, solté con un hilo de voz, el miedo reflejado en mis ojos. El rostro de Enzo seguía inexpresivo, tranquilo, en contraste con mi ansiedad. ¿Qué estaba pasando? —Están bien—. Al escuchar esas palabras, mi corazón dio un vuelco. Mis bebés estaban a salvo. Sentí una lágrima descender por mi mejilla. El alivio recorrió todo mi cuerpo, y finalmente, solté el aire que llevaba contenido. —¿Por qué no me lo dijiste de inmediato? ¡Estaba aterrada!—, le reproché con el corazón aún acelerado. Enzo me miraba con la misma confusi

