En cuanto le dije que había roto fuente, me subió al coche y salió disparado. Nuestros padres se quedaron en la puerta, sin moverse, mientras nos alejábamos. Nunca había visto a Enzo manejar tan tenso. Normalmente, se reclinaba despreocupado en el asiento y giraba el volante con una mano, lo cual, por cierto, lo hacía ver increíblemente sexy. Ahora, en completo contraste, tenía ambas manos aferradas al volante como si su vida dependiera de ello. —¿Estás bien?— le pregunté. Sorprendido, me miró por un momento antes de volver a concentrarse en la carretera y responderme con otra pregunta: —¿Tú estás bien? Era evidente que pensaba que esa era la pregunta correcta para mí. Pero tuve la sensación de que él también estaba bajo la misma presión, aunque no sintiera el dolor. ¿O me equivocaba

