Capítulo 20: Hijos

1214 Words
El silencio en las habitaciones privadas era tan profundo que Iris podía escuchar su propia respiración, el rápido latido de su corazón y el sonido de la seda de su vestido al moverse en el sillón. Cassian seguía sentado frente a ella, sus manos aún entrelazadas, el anillo de la abuela Astrid brillando bajo la luz tenue de las lámparas. Pero su mente no estaba en el presente. Había vuelto a sus años de infancia, como hacía muchas veces en momentos de tensión, cuando aprendió a no preguntar. Había dejado de hacer preguntas sobre sus orígenes mucho antes de cumplir los diez años. Al principio, cuando aún vivía con su madre en esa habitación pequeña y húmeda de los barrios bajos, sí preguntaba. Preguntaba por qué no tenía padre como los otros niños. Preguntaba por qué su madre trabajaba tanto, por qué llegaba tan cansada, por qué a veces lloraba cuando creía que Iris dormía. —No preguntes, cariño —decía su madre, con una mano callosa acariciando su cabello—. Tenemos techo. Tenemos comida. Eso es suficiente. Luego, después de la muerte de su madre, cuando llegó al orfanato de la calle Esperanza, las preguntas se volvieron más peligrosas. Las monjas que regentaban el lugar le recordaban constantemente que debía sentirse agradecida por lo que tenía. Un techo. Comida. Ropa. Eso era suficiente. Lo demás, el nombre de su padre, la historia de sus abuelos, la razón por la que su madre había muerto tan joven y sola, no importaba. No debía importar. Durante veinte años había cargado con esa sensación de vacío, con ese hueco en el pecho que nada lograba llenar. La soledad y el abandono eran sus compañeros más constantes, más fieles, más dolorosos. Y de ese dolor, de esa herida que nunca terminaba de cicatrizar, había nacido su sueño más profundo. Trabajar con niños sin familia. Ayudar a reunir al menos a uno con sus padres. Evitar que otros niños sufrieran lo que ella había sufrido, la incertidumbre, la falta de respuestas, el silencio eterno sobre el origen de uno mismo. «Como reina podría lograrlo», pensó, y la idea brilló en su mente como una llama en la oscuridad. Tendría recursos, influencia, poder para crear programas, fundaciones, leyes. Podría cambiar la vida de cientos, de miles de niños como ella. Pero ser reina implicaba algo que la descolocaba y que la aterraba de una manera diferente, más personal. El dar herederos. —¿Usted espera que le dé hijos? —preguntó Iris, rompiendo el silencio que se había extendido entre ellos. Su voz sonó más clara y segura de lo que esperaba. Cassian no mostró sorpresa ante la pregunta. Por el contrario, sus ojos grises resplandecieron con una luz de aprobación, como si estuviera aguardando ese momento, esa conversación. —Es lo habitual en un matrimonio —respondió, y su tono era el del profesor explicando una lección obvia—. En nuestro caso, además, es una obligación dinástica. El trono de Aurelion es hereditario. Necesito herederos que aseguren la continuidad de la corona. Iris sintió que el estómago se le contraía. No era que no lo hubiera considerado. ¿Cómo no hacerlo, después de todo lo que había ocurrido ese día? Pero oírlo de manera tan directa, tan fría y sin ninguna emoción, era como recibir un golpe. —Pero yo… —comenzó, sin saber muy bien qué iba a decir. ¿Pero yo no estoy preparada? ¿Pero yo no quiero? ¿Pero yo no soy la mujer adecuada para ser madre de futuros reyes? Cassian no la dejó continuar. —He revisado tu informe médico —dijo, y la información cayó como una bomba en el silencio de la estancia—. No existe impedimento físico para que tengas hijos. Iris se quedó inmóvil. Las palabras tardaron unos segundos en procesarse en su mente. —¿Mi… mi informe médico? —Completo —confirmó Cassian, sin el menor rastro de vergüenza o disculpa—. Quería asegurarme de que no hubiera sorpresas. De que nuestro matrimonio pudiera cumplir su función principal. Al escuchar eso claramente, se le heló la sangre al pensar en el nivel de planificación que había detrás de todo. Él no dejaba nada al azar. Nada. Mientras ella temblaba en la suite de Selene, mientras la vestían y la maquillaban, mientras pronunciaba votos que creía temporales, él ya había ordenado una investigación completa de su vida. Su pasado, su familia, su salud y su capacidad para darle herederos. Aunque el matrimonio había nacido por circunstancias políticas, por una emergencia que nadie había planeado, él ya estaba pensando en el futuro. En la estabilidad real y en la dinastía. —Usted… —comenzó Iris, pero las palabras se atascaron en su garganta. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía reprocharle? Él era el rey. Ella era una doncella que había aceptado, voluntariamente, ocupar un lugar que no le correspondía. ¿Qué derecho tenía a exigir privacidad, a reclamar intimidad, a pedir que no hubieran escarbado en su pasado? —No quiero evasivas, Iris —dijo Cassian, y su voz era firme, directa, sin rodeos—. Necesito una respuesta clara. ¿Estás dispuesta a cumplir con esta parte de tu papel? Iris repitió la palabra en voz baja, casi para sí misma. —Hijos. La palabra se agitaba entre ellos, llena de significado, de porvenir, de consecuencias que apenas empezaba a despuntar. Se imaginó cómo serían. Con sus ojos color miel o con los ojos grises de Cassian. Con su carácter o con la determinación férrea de él. Pequeños príncipes y princesas corriendo por los pasillos del palacio. La idea la desconcertaba profundamente. No únicamente por lo que conllevaba, el embarazo, el parto, la crianza, sino por lo que significaba en términos de permanencia. Un hijo la ataría a Cassian para siempre. Incluso si el divorcio se volviera posible, incluso si ella decidiera irse, un hijo sería un vínculo irrompible. Cassian añadió presión. —Quiero una familia grande —dijo, y su tono no dejaba espacio para negociaciones—. No uno o dos. Tantos como podamos tener en los próximos años. Iris lo miró, intentando ver en sus ojos que estaba exagerando o que incluso estaba bromeando, y que solo lo mencionaba por los asuntos de la política. Pero no encontró nada. —¿Tantos como podamos? —repitió, incrédula. —El tiempo es un factor —explicó él—. Necesito asegurar la sucesión cuanto antes. Y varios herederos, no solo uno. Por seguridad y por estabilidad. Ahora entendía la importancia de contraer matrimonio. No se trataba solo de una alianza con otra nación cercana, sino de asegurar su legado y así definir el futuro de su monarquía. Casarse era un buen plan para lograr sus objetivos. No importaba con quién lo hubiera hecho; lo importante era que necesitaba una reina y ella estaba en su camino, en ese momento. Cassian redujo la distancia entre ellos. Se inclinó hacia delante en el sofá, acercándose a ella hasta que sus rostros quedaron a apenas centímetros de distancia. Iris podía sentir el calor de su cuerpo y su aroma, la intensidad de su mirada gris fija en ella. —¿Estás de acuerdo? —preguntó, y su voz era baja, grave e íntima.
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