Iris comenzó a recordar algo que creía haber olvidado. Tenía catorce años cuando llegó a palacio, una adolescente asustada y sola. Durante los tiempos de descanso, las doncellas más jóvenes miraban revistas ilustradas que no se sabía de dónde las habían conseguido. Y en esas revistas aparecía él. El joven príncipe Cassian, heredero al trono, fotografiado en actos oficiales, en eventos benéficos, en recepciones diplomáticas. Las doncellas suspiraban, soñaban e imaginaban una vida de princesa junto a él. Iris también había soñado, a su manera callada, guardando esos sueños en lo más profundo de su corazón, donde ni ella misma se atrevía a mirar. Su reputación era conocida: un hombre disciplinado, entregado al reino, sin escándalos, sin amantes públicas, sin gestos frívolos. Un hombre de de

