Capítulo 9: Mi esposa. Su reina

1823 Words
Pero entonces, como un mecanismo de supervivencia que se activaba automáticamente, la realidad regresó. «No soy una romántica. Mis sueños murieron hace años, junto con mi madre, en una habitación pequeña y sin calefacción. El amor verdadero solo existe en los libros. Esto no es amor. Esto es sobrevivir. Esto es deber.» Repitió de nuevo aquellas palabras que había sostenido desde la mañana: «Todo esto es temporal. Soy solo una esposa provisional. Un parche en una herida real. Mañana, o tal vez en unos días, cuando encuentren a Selene o cuando Cassian decida que ya no me necesita, volveré a mi uniforme simple, a mi trabajo que nadie nota, a mi pequeña habitación. Todo esto», su mirada recorrió el balcón, la multitud, al hombre a su lado, «desaparecerá, y solo quedará como un sueño que se vivió, pero que solo duró un instante.» Esa idea la enfrió desde dentro. Su sonrisa, que por un instante había sido real y temblorosa, se volvió de nuevo la máscara serena que Lucien le había exigido. Saludó, pero su corazón ya se estaba retirando, construyendo muros alrededor del caos que el beso había desatado. Después del saludo final, Cassian tomó la mano de ella, no con suavidad, sino con la firmeza de alguien que guía, y la llevó para salir del balcón. Las grandes puertas se cerraron detrás de ellos, amortiguando el rugido de la multitud hasta convertirlo en un murmullo lejano. Se dirigían al Gran Salón del Trono, donde se celebraría el banquete oficial. —Lo has hecho bien —dijo Cassian, su voz neutra ahora, la del rey evaluando a un subordinado. —Gracias —respondió Iris; sentía un verdadero alivio por no haber decepcionado ni arruinado el espectáculo. —Deberías sonreír más —añadió él. Su comentario fue práctico y frío, como si estuviera dando instrucciones sobre cómo colocar la vajilla. —No puedo fingir una sonrisa —confesó ella, y la angustia regresó a su voz—. No soy buena fingiendo. Cassian se detuvo justo antes de llegar a las puertas del Gran Salón. Se volvió hacia ella, y su expresión era impenetrable. —Ahora eres la reina. Debes aprender. —No lo soy —protestó Iris, y su voz sonó más débil de lo que hubiera querido—. Todo esto es temporal, usted lo sabe. Yo solo soy... un reemplazo. Una solución de emergencia. Cassian alzó su mano, la que llevaba la pesada alianza real. La tomó entre sus dedos, no con dulzura, sino mostrándosela como si fuera una evidencia en un juicio. —Esto no es temporal, Iris. Esta alianza es permanente. Y mientras la lleves, eres mi esposa y la reina de Aurelion. La única. ¿Entendido? Iris abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en sus labios cuando se dio cuenta de lo que había dicho. O más bien, de lo que no había dicho. —Majestad... —comenzó, pero él la interrumpió. —No —dijo, y su voz tenía un filo que no admitía discusión—. No vuelvas a llamarme así. Ahora soy tu esposo. Me llamarás Cassian. Iris casi tropezó con su propio vestido. Nunca lo había llamado por su nombre. Ni siquiera en sus pensamientos más privados. Para ella, siempre fue "el rey", "su Majestad", una persona lejana y fuera de su alcance. Decir "Cassian"… parecía una intimidad tan grande como un beso, quizás incluso más. —Tienes que sonreír —siguió él, sin prestarle atención a su incomodidad. —Y deja de mirarme como si te estuviera llevando al sacrificio. Recuerda quién eres ahora y dónde estás. Y, por el amor de Dios, ¿crees que es apropiado discutir esto aquí, ahora? Iris miró a su alrededor. Estaban en un corredor amplio, pero no vacío. Miembros del servicio pasaban discretamente, y había guardias postrados en sus lugares. Desde las altas puertas de roble del Gran Salón se oía el murmullo de cientos de invitados. Entendió que no podía pedir explicaciones, que no podía preguntar qué significaba todo eso, qué significaba el beso, ni por qué su mano había tocado su piel así. Estaba atrapada, más que antes. Pensó que la advertencia de no huir todavía era válida. Quizá ahora más que nunca. Cassian abrió las puertas, y el mundo se llenó de luz, sonido y riqueza. El Gran Salón del Trono estaba preparado para un banquete digno de leyendas. Mesas larguísimas cubiertas con manteles de hilo de oro, vajilla de porcelana fina que reflejaba la luz de miles de velas, centros de mesa con flores tan exóticas que Iris ni siquiera conocía sus nombres. Y los invitados, cientos de ellos, todos de pie, todos observando su entrada. Cassian la condujo a la mesa principal, elevada en una plataforma para que todos pudieran verlos. Con un gesto sorprendentemente caballeroso, le apartó la silla tallada que estaba a la derecha del trono ceremonial. Luego permaneció de pie, dejando que el silencio se extendiera por la sala antes de hablar. —Muchos de ustedes —dijo, y su voz, sin usar micrófono, llenó el amplio salón con una claridad que se sentía en el aire— se preguntan qué ha pasado hoy. ¿Por qué la mujer a mi lado no es la que esperaban ver. Un murmullo recorrió la sala, un sonido de hojas secas arrastradas por el viento. —Seguirán preguntándose —continuó Cassian, y su tono no era de disculpa, sino de declaración—. Y pueden seguir haciéndolo. Pero esto es lo que deben saber y recordar: hoy he tomado una decisión. He elegido a mi esposa. Y exijo —la palabra resonó con una ferocidad contenida— que cada persona en esta sala, y en este reino, la reconozca y la acepte como tal. Como mi esposa. Como su reina. Hizo una pausa, mirando a los rostros sorprendidos, pensativos y curiosos. —Les presento a la reina Iris. El aplauso no fue inmediato. Hubo un segundo de silencio absoluto, cargado, en el que Iris sintió que se ahogaba. Luego, comenzó. No con el entusiasmo de la plaza, sino con el aplauso mesurado, educado y estratégico de la corte. Un sonido que no era de alegría, sino de reconocimiento de una nueva realidad política. Cassian se sentó a su lado y el banquete comenzó. Los platillos se presentaron en una procesión sin fin: sopas brillantes en cuencos de cristal tallado, pescados enteros con escamas de oro comestible, carnes que se desintegraban al tocarlas con el tenedor, postres que eran creaciones artísticas de azúcar y frutas exóticas. Iris apenas probó unos bocados. Cada intento de tragar se encontraba con un nudo en la garganta. Cassian, sentado a su lado, comía rápidamente como un soldado, sin mostrar que no tenía hambre. Pero Iris se dio cuenta de que sus ojos estaban, de manera sutil, mirando cada pequeño movimiento de su tenedor. Alrededor de ellos, se creó una especie de zona de exclusión invisible. Nadie se acercaba a su mesa para felicitarlos, para hacer la reverencia protocolaria a la nueva reina. Los nobles comían, bebían y hablaban en sus mesas, pero sus miradas, rápidas y pensativas, volvían siempre hacia la plataforma alta. Fue Elara quien finalmente rompió el cerco. Se acercó con su vestido azul zafiro que parecía hecho de agua solidificada, su sonrisa perfecta en su lugar. —Hermano —dijo, inclinándose para darle un beso en la mejilla a Cassian. Luego se dirigió a Iris—. Y mi nueva cuñada. Una comida espléndida, ¿no es así? —Sí, princesa —respondió Iris automáticamente. —Oh, por favor —dijo Elara con una risa ligera—, podemos saltarnos los títulos entre nosotras. Después de todo, casi crecimos en el mismo palacio. —Se inclinó un poco más, bajando la voz a un susurro—. Deberíamos ir juntas al spa algún día. Creo que ambas necesitamos un día de cuidados después de... todo esto. Cassian, que había estado observando el intercambio con los ojos entrecerrados, intervino. —¿Qué te ha dicho? —preguntó a Iris, su voz baja pero tensa. —Que deberíamos ir al spa juntas —respondió Iris con sinceridad, confundida por la intensidad de su reacción. Cassian emitió un sonido seco. —Mi hermana siempre esconde segundas intenciones detrás de sus invitaciones al spa —dijo, dirigiendo una mirada de advertencia a Elara, quien solo sonrió con más dulzura—. Ten cuidado con ella. Iris miró a Elara, que ya se retiraba hacia su mesa con un movimiento elegante de su vestido, luego a Cassian. —No hay motivo para preocuparse —dijo, y su propia voz le sonó extrañamente distante—. Pronto dejaré de ser su esposa. Ya no tendré que preocuparme por las intrigas del palacio. La tensión que irradió Cassian fue tan repentina y poderosa que Iris retrocedió instintivamente en su silla. Su mandíbula se tensó, sus dedos se cerraron alrededor del mango de su cuchillo con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. —Hoy es el día de nuestra boda —dijo, y cada palabra parecía tallada en hielo—. Intenta, al menos, disfrutarlo. O finge que lo disfrutas. Mantén las apariencias, Iris. Es lo mínimo que puedes hacer. —No es una boda real —replicó ella, y la frustración, el miedo, la confusión de todo el día estallaron en un susurro furioso—. Yo no pertenezco a este mundo, a estas mesas, a estas conversaciones. Yo soy la doncella que servía el vino en estos banquetes, no la que se sienta en la mesa principal. Cassian la miró durante un largo momento. Luego, sorprendentemente, la tensión en sus hombros disminuyó un poco. —Entonces véelo como una fiesta —dijo, y su voz perdió algo del hielo—. Una fiesta muy grande, muy fastuosa y muy pública. Yo también prefiero estar en otros lugares. Pero estoy aquí. Y quiero disfrutar un poco de mi propia fiesta, aunque solo sea por imagen. ¿Puedes ayudarme con eso? Iris lo observó. Vio la fatiga en los ojos que normalmente eran impenetrables, la tensión en los hombros que siempre estaban rectos. Él hizo todo esto. Este espectáculo, esta mentira, este matrimonio. No por capricho, no por maldad. Por su pueblo. Por evitar un escándalo que habría debilitado al reino. Por cumplir con un deber que era más grande que él, y ciertamente más grande que ella. Reconoció, con una claridad repentina, por qué era un buen rey. Porque la gente lo respetaba, incluso lo amaba. No por su calidez, que brillaba por su ausencia, sino por su sentido del deber implacable, por su capacidad para cargar con pesos que habrían quebrado a otros hombres. —Sí —dijo finalmente, y su voz sonó más firme—. Puedo ayudarte con eso. No dijo "Majestad". No dijo "Cassian". Pero él asintió, una vez, y algo en su expresión se suavizó, solo un poco.
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