Capítulo 8: Rompiendo las reglas

1168 Words
Los fuegos artificiales estallaron sobre el balcón del Palacio de la Corona, formando grandes corazones plateados en el cielo del atardecer que se oscurecía. Iris no anotó ni el estallido ni los colores. Toda su atención, cada neurona y cada parte de su ser, estaba enfocada en dos lugares: la mano de Cassian, fuerte y cálida a través de las capas de seda de su cintura, y la proximidad de su rostro, inclinándose hacia ella con una lentitud que parecía deliberadamente tortuosa. —Respira hondo e intenta soltarte un poco —le aconsejó él, su voz tan tenue que únicamente ella podía percibirla entre el estruendo de la multitud y los estallidos pirotécnicos. —Te necesito relajada. Una orden disfrazada de sugerencia, con una calma forzada que no engañaba a nadie, menos a ella. Pero Iris no podía relajarse. «Tengo miedo de equivocarme. De hacer el ridículo ante el mundo entero. De que mi cuerpo no sepa cómo responder, de que mis labios sean demasiado rígidos, de que mi expresión delate que nunca he besado a un hombre antes». Quería decírselo, gritarlo, contarle a alguien lo que la atormentaba por dentro, pero había decidido guardar esos pensamientos muy en lo profundo de ella. «Ni siquiera con él tengo permitido abrirme.» El peso del reino, de la mentira y de las expectativas de millones de personas que pensaban que estaban viviendo un cuento de hadas, era como si la aplastara contra el mármol del balcón. —Iris —dijo Cassian esta vez, y su tono había cambiado; se había vuelto más duro, más cortante, el tono del rey que no toleraba la desobediencia ni la vacilación. —Lo estoy intentando —susurró ella, sintiendo cómo sus palabras salían entrecortadas. —No lo parece —replicó él, y la frialdad en su voz era como un golpe—. Pareces una mujer a punto de ser ejecutada, no una esposa a punto de besar a su marido. ¿Es realmente tan aterrador besarme? La pregunta, cargada de ironía y algo más, ¿frustración? ¿Irritación genuina? Encontró en Iris un brillo inesperado de valentía nacida directamente del pánico. —Quizá sí —respondió, alzando la vista para encontrarse con sus ojos—. Quizás sea lo que menos quiero hacer ahora. Cassian se quedó quieto por un instante, sorprendido. Iris vio cómo sus pupilas se abrían un poco y cómo había un destello de desafío en sus ojos color miel, un desafío que ni ella misma sabía que tenía. En ese momento, la lluvia comenzó a caer. No se trataba de agua, sino de confeti. Pequeños pedazos de papel dorado y rojo caían de los techos alrededor de la plaza, girando en el aire cálido del atardecer antes de aterrizar sobre ellos. Un trozo se posó en la mejilla de Iris, justo debajo del pómulo. Ella hizo un movimiento instintivo para apartarlo, pero Cassian se adelantó. Sus dedos, ahora sin guantes, se levantaron y acariciaron suavemente el papel de su piel. Pero en lugar de retirarse, su mano se detuvo. Sus dedos siguieron lentamente la línea de su barbilla, bajaron por su cuello y tocaron las clavículas que asomaban del escote del vestido. Un contacto que no seguía el protocolo, que no estaba en el guion. Iris sabía cómo eran los besos reales. Los había visto en fotografías y en documentales. Eran breves, castos, casi simbólicos. Un contacto de labios que duraba exactamente lo necesario para las cámaras, seguido de una sonrisa dirigida al pueblo. Esto… esto era otra cosa. Cassian estaba rompiendo las reglas que él mismo había establecido, y ella no podía protestar, no podía apartarse, no podía hacer nada más que permanecer erguida mientras sus dedos trazaban un mapa secreto sobre su piel. —Estás temblando —murmuró él, y su voz sonó extrañamente cercana, casi íntima. Iris abrió la boca para responder, para decir algo, cualquier cosa, pero en ese momento Cassian se movió. Aprovechando la apertura de sus labios, inclinó la cabeza definitivamente y se apoderó de su boca. Las trompetas reales sonaron en ese preciso instante, parte del espectáculo coreografiado hasta el segundo. La multitud rugió con una fuerza que pareció sacudir los cimientos del palacio. Pero Iris no oyó nada de eso. Solo sintió. Nunca la habían besado. Nunca. Había sido una huérfana, luego una doncella, siempre invisible, siempre apartada. Los besos eran cosas de libros, de susurros entre otras doncellas, de sueños que se guardaban bajo la almohada. No estaba preparada para la realidad. Para el calor. Para la firmeza. Por la forma en que sus labios se movían sobre los de él, explorando, reclamando, sin prisa pero con total seguridad. Cassian no se apartó. No fue el beso breve y protocolario que ella había anticipado. Fue lento y cuidadoso. Mantenía una mano firme en su cuello, los dedos anclados en la base de su cráneo, mientras con la otra la sostenía por la cintura. Iris sintió que sus piernas flaqueaban, que la tierra desaparecía bajo sus pies. Se apoyó involuntariamente contra él, buscando un anclaje en el mundo que se desvanecía. —Creo que ya es suficiente, hay niños mirando —dijo una voz burlona, demasiado cercana—. Después podrán tener su momento a solas. Ahora, por favor, sean un poco discretos. Elara con su tono ligero y divertido fue como un cubo de agua fría. Cassian se separó de Iris con un gruñido apenas audible, un sonido de irritación pura. Por un instante fugaz, su rostro reflejó desconcierto, luego algo que parecía frustración, antes de que la máscara del rey volviera a colocarse, perfecta e impenetrable. Iris, jadeando levemente, abrió los ojos. Cassian la observaba. Pero no con la mirada de un hombre que acaba de besar a una mujer, sino con la mirada detallada de un general evaluando una maniobra. Esa mirada aumentó su confusión. ¿Había sido solo una actuación? ¿Una parte más del espectáculo? ¿Y por qué, entonces, había durado tanto? ¿Por qué sus dedos habían recorrido su piel de esa manera? Cassian se giró hacia la multitud, levantando su mano entrelazada con la de Iris en un gesto de triunfo. Sonreía, con esa sonrisa perfecta y pensada que ya empezaba a reconocer, como si el beso fuera un regalo intencionado para la gente, una moneda lanzada al pueblo. Con un leve movimiento de cabeza, le indicó que también debía saludar. Y así lo hizo. Levantó su mano libre en el arco que Lucien le había mostrado. Sentía el calor en sus mejillas y la confusión en su mente. Se cuestionó, con total curiosidad, si esa era la sensación que todos experimentaban al besar. Si ese estremecimiento que recorría su columna vertebral, esa sensación de vértigo en el estómago, esa incapacidad para respirar con normalidad… si eso era normal. Se sintió diferente. Era como si la mujer que había sido hasta ese momento hubiera desaparecido, y en su lugar hubiera alguien nuevo, alguien que había sido marcado de una forma que no comprendía.
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