A la izquierda de Cassian, el príncipe Malión, soltó una risa corta y burlona que apenas logró contener.
—Si querías ser recordado, hermano, lo has logrado —comentó con un tono sarcástico—. Esto es incluso más que la renuncia de nuestro padre. Nadie, en los próximos cien años, olvidará este día. La boda que no fue, la reina que no era.
Cassian no respondió. No giró la cabeza, tampoco cambió su expresión. Solo un leve temblor en el músculo de su mandíbula, un pulso marcándose en su sien bajo el sol del atardecer, delataba la furia que debía estar hirviendo bajo la superficie.
Continuó saludando con absoluta compostura, su mano moviéndose en el arco perfecto que Lucien había descrito, su sonrisa serena e inexpugnable.
Iris sintió una oleada de algo extraño, ¿era compasión? ¿Era solidaridad? Hacia este hombre que, a pesar de su poder absoluto, estaba siendo juzgado y ridiculizado por su propia familia en el momento que debería ser su triunfo.
Pero no lo vio solo como el rey que la había arrancado de su vida, sino como un hombre atrapado en una red de expectativas y traiciones tan compleja como la que la envolvía a ella.
Fue entonces cuando el estruendo comenzó. Un rugido profundo que venía del cielo, creciendo en intensidad hasta ahogar incluso los aplausos de la multitud. Iris levantó instintivamente la vista, y vio la formación: seis jets militares pintados con los colores de Aurelion, acercándose en formación de flecha desde el horizonte.
Como parte de la celebración, sobrevolarían el palacio en un espectáculo aéreo. El estruendo se volvió ensordecedor cuando el primer jet pasó justo sobre el balcón, seguido por los otros en perfecta sincronización.
En ese momento de ruido abrumador, cuando los motores a reacción llenaban el mundo de un tremendo rugido, Cassian movió el brazo que hasta entonces había mantenido rígidamente a su lado. Lo rodeó suavemente, con decisión, alrededor de la cintura de Iris.
El contacto fue tan inesperado que ella emitió un leve gemido de sorpresa, ahogado por el estruendo de los jets. Hasta ese momento, Cassian apenas la había tocado. En la ceremonia, sus manos se habían encontrado solo cuando intercambiaron los anillos. En el salón del trono, no había habido contacto.
Incluso se había sentido extrañamente humillada y luego avergonzada de sentirse humillada, cuando él no la había besado después de levantarle los velos, limitándose a una inclinación de cabeza formal.
Ahora, su mano ancha y caliente se posaba en su cintura a través de las capas de seda y encaje, y el contacto le quemaba. Iris se estremeció involuntariamente, una reacción física que no pudo controlar. Sintió como si descargas eléctricas recorrieran su piel desde el punto donde su mano la tocaba, expandiéndose hacia su estómago, su pecho, sus extremidades.
Cassian no pareció notar su reacción, o si la notó, decidió ignorarla. Su mirada seguía fija en la multitud, con su sonrisa profesionalmente serena. Pero su mano no se movió. Permaneció allí, afirmando una posesión, estableciendo una intimidad para las cámaras, creando la imagen perfecta de los recién casados unidos.
[***]
Los jets completaron su pasada y comenzaron a ascender en una formación vertical que dejaba estelas blancas contra el cielo ya dorado por el atardecer. En ese momento de cambio, cuando el ruido empezaba a bajar, pero antes de que los aplausos de la gente llegaran a su máximo, Cassian bajó la cabeza.
No hacia la multitud. Hacia ella.
Sus ojos grises, tan cerca ahora que Iris podía ver las pequeñas motas de un tono más claro alrededor de las pupilas, se encontraron directamente con los suyos. Y en ese instante, algo extraño sucedió.
El balcón desapareció. La multitud de decenas de miles de personas dejó de existir como un rugido ensordecedor y se convirtió en un murmullo lejano, indistinto.
La familia real a ambos lados, con sus miradas de reojo y sus sonrisas tensas, se desvaneció en una niebla periférica. Incluso el peso del vestido, la opresión del corsé, el dolor sordo en sus pies por horas de estar de pie, todo se desvaneció.
Solo existían esos ojos. Esos ojos que la atravesaban, que parecían reclamar cada uno de sus pensamientos, cada uno de sus miedos, cada fragmento de la mentira que los había unido.
Sobre ellos, los jets hacían piruetas en el cielo, dejando estelas que se entrelazaban formando corazones, un detalle cursi del equipo de relaciones públicas que en cualquier otro momento le habría parecido ridículo.
Una lluvia de confeti rojo y dorado comenzó a caer desde los tejados alrededor de la plaza, pequeños trozos de papel que brillaban bajo la luz del atardecer como polvo de hadas.
La multitud, viendo la escena, comenzó a corear ahora con un ritmo nuevo, urgente, demandante: “¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!”
Iris nunca había imaginado, ni en sus sueños más secretos, que sería esa mujer. La mujer en el balcón con el rey. La mujer a quien miles querían que besara al monarca. La mujer a quien Cassian Valmont miraba así, con una intensidad que hacía que le faltara el aire en los pulmones.
Se repitió mentalmente que todo era una farsa. Una representación. Un acto político. Sin embargo, su cuerpo, el cuerpo que aún sentía el ardor de su mano en su cintura, que aún temblaba por el estremecimiento eléctrico que su contacto había provocado, dudaba. Su corazón, golpeando contra sus costillas con un ritmo desbocado, dudaba.
Cassian elevó su mano libre, la que no estaba en su cintura, y con una suavidad que contrastaba grotescamente con la ferocidad de su mirada, le levantó la barbilla con un dedo. El gesto fue íntimo, posesivo y dramático. Perfecto para las cámaras.
Se inclinó lentamente. Iris pudo ver cada detalle: la sombra de sus pestañas sobre sus pómulos altos, la línea firme de su barba, la pequeña cicatriz apenas visible en su labio superior que nunca había notado antes. Pudo sentir su aliento cálido mezclándose con el suyo. Pudo oler su aroma, algo inconfundiblemente masculino y propio de él.
El mundo contuvo la respiración. Las cámaras se enfocaron. La multitud enmudeció por anticipación.
Cuando sus labios estuvieron a un centímetro de los de ella, Iris cerró los ojos de forma instintiva, lista para el contacto, para ese momento que solo había vivido en sueños.