La pesadilla llegó como siempre, de repente, sin compasión, llevándola a lo más profundo de un abismo que no podía entender. Voces distantes. Palabras que no comprendía, pero que lo aterrorizaban. Una sensación de peligro, de amenaza inminente, de algo terrible acechando en la oscuridad. Y luego la oscuridad misma, envolvente, asfixiante, cerrándose a su alrededor como una tumba. Iris sabía, racionalmente, que era su mente intentando procesar recuerdos dolorosos. Los psicólogos del palacio se lo habían explicado con paciencia: el trauma infantil, la pérdida de su madre, los años en el orfanato, todo eso se acumulaba y buscaba salida durante la noche. Sabía que durante el día reprimía pensamientos que regresaban por la noche con más fuerza. Sin embargo, el conocimiento racional no alivia

