La ducha fue un gesto automático, una serie de movimientos que ya sabía hacer y que no necesitaban pensar. Agua caliente. Jabón de lavanda. El mismo ritual de siempre, aunque nada en su vida fuera igual que antes. Mientras el agua caía sobre su piel, arrastrando los restos de aquella noche, de él, Iris se obligó a no pensar. A no analizar nada y a no sentir. Pero su cuerpo tenía memoria propia. Cada vez que sus manos pasaban por alguna zona que él había tocado, besado, mordido, un recuerdo se activaba. El calor de sus labios en su cuello. La presión de sus dedos en sus caderas. La forma en que la había mirado en ese instante final, antes de que la máscara volviera a caer. «Basta», se ordenó, abriendo los ojos bajo el agua. «Basta de pensar en él. Basta de sentir. Esto es un acuerdo, na

