La doncella que la condujo hasta el comedor privado caminaba con pasos tan silenciosos que Iris tuvo que esforzarse para no tropezar con ella. Las mañanas en palacio tenían una calidad irreal, pensó mientras atravesaban los pasillos vacíos. Una quietud contenida, como si el edificio entero contuviera el aliento antes de que la maquinaria del día comenzara a girar. Cassian ya estaba allí cuando ella entró. Sentado al frente de una mesa larga de roble pulido, vestía un traje impecable de corte extranjero que le quedaba como una segunda piel. El gris pálido de la tela hacía juego con sus ojos, y el detalle, ¿fue por casualidad o planeado?, no se le pasó por alto a Iris. Leía el periódico con total tranquilidad; sus dedos sostenían las páginas con la misma precisión que usaba para manejar

