Capítulo 11: Baile

1070 Words
Antes de que pudiera articular algo, una mano cubrió la suya sobre el mantel. Con una firmeza incuestionable. La mano de Cassian era cálida, sus dedos largos envolvían los suyos completamente, y el contacto, a través del fino lino de su guante, la hizo contener la respiración. —Será un honor, tío —dijo Cassian, volviéndose hacia el duque con una sonrisa perfectamente cortés que no llegaba a sus ojos—. Dependerá de nuestra agenda, claro, pero haremos nuestro mejor esfuerzo para visitarlos. Iris entendió el mensaje no dicho: él no había perdido detalle de su intercambio, a pesar de parecer absorto en su conversación con su primo. Y tenía miedo de que ella, en su confusión, estropeara la actuación. Intentó apartar su mano con un leve movimiento, pero Cassian no se lo permitió. Sus dedos se apretaron con más fuerza, no de forma que doliera, pero sí con una firmeza que era una orden clara: “Compórtate. Sigue el guion.” Una mujer cercana, probablemente la esposa del duque, se inclinó hacia delante con ojos curiosos. —¿Y a dónde irán de luna de miel, Majestad? —preguntó, con una voz llena de alegría, emocionada por contar después los detalles románticos. Cassian respondió sin la menor vacilación, con una seguridad tan absoluta que hasta Iris, que sabía que todo era inventado, casi lo creyó. —Pasaremos los primeros días en el Palacio Zafiro, para descansar en privado —dijo, y su tono era cálido, cercano, muy bien actuado—. Después viajaremos por Europa, y terminaremos en la ciudad que, según dicen, es la más romántica del mundo. Un pequeño secreto para Iris —añadió, y su mirada se posó en ella con una ternura falsa que, sin embargo, hizo que su corazón diera un vuelco peligroso. La tía soltó un suspiro encantado, llevándose una mano al pecho. —¡Qué maravilloso! ¡Tan romántico! Cassian mantuvo su sonrisa, pero su mano, aún sobre la de Iris, se tensó levemente. El contacto directo, sin la barrera del guante en su mano, era abrumador. Iris podía sentir las líneas de su palma, la fuerza contenida en sus dedos, el calor que parecía irradiar a través de la tela fina. Al final, cuando él la soltó para tomar su copa de vino, ella disimuló un suspiro de alivio que representaba mitad liberación y mitad pérdida incomprensible. En el breve instante en que Cassian se inclinó para decirle algo a Lucien, que estaba de pie detrás de su silla, Iris se acercó lo suficiente para susurrar: —No necesita vigilarme tan de cerca. No voy a revelar la verdad. Cassian terminó de dar su instrucción a Lucien antes de volverse hacia ella. Su semblante se encontraba a escasos centímetros de su propio, y en la intimidad inherente de dicho acercamiento, su voz se transformó en un susurro bajo pero repleto de sentido. —Me alegra oírlo —dijo—. Pero como no habíamos hablado de la luna de miel, preferí intervenir. Iris lo miró, y la pregunta que llevaba horas dando vueltas en su mente surgió antes de que pudiera detenerla. —¿Y qué pasará cuando descubran que nada de esto es verdad? ¿Cuándo se den cuenta de que no hay romance y de que esto es solo… pasajero? La expresión de Cassian se endureció de inmediato. Los músculos de su mandíbula se tensaron, y sus ojos, que por un momento habían tenido un destello de algo parecido a la complicidad, se volvieron de nuevo el acero frío del rey. —Eso no va a pasar —dijo, y cada palabra era un decreto y una verdad indiscutible—. Habrá luna de miel. Esto es real. Tanto como cualquier otro matrimonio real lo ha sido. En ese momento, la música cambió. Las notas suaves de la cámara dieron paso a los acordes majestuosos de la orquesta real. Se trataba de la señal para el baile inicial. Cassian se puso de pie, extendiendo la mano hacia Iris en un gesto que era a la vez una invitación y una orden. El Gran Salón se silenció, todas las miradas se volvieron hacia la plataforma. Iris puso su mano temblorosa en la de él, y al sentir sus dedos entrelazarse fue tan fuerte como el ruido de un portazo en una celda. La condujo al centro del gran salón, donde el suelo de mármol brillaba como un espejo oscuro. La tomó por la cintura con una mano, mientras con la otra sostenía la suya en la posición clásica del vals. Iris recordó las rápidas lecciones que tomó de una profesora de baile hace años, cuando las chicas a veces eran pareja de práctica para los jóvenes nobles. Nunca imaginó que utilizaría esos pasos con el rey. Comenzaron a moverse. Cassian se distinguía como un líder sólido; sus movimientos eran seguros y exactos, orientándola con una autoridad que no permitía errores. Iris podía notar cómo temblaba entre sus brazos y cómo el color subía a sus mejillas con cada giro y cada paso que los acercaba. «Cree que soy asustadiza», pensó, sintiendo cómo su mirada detenida observaba su rostro. «Cree que estoy a punto de huir». Entonces, movida por una combinación de orgullo lastimado y un toque de desafío que había mostrado antes, levantó un poco la cabeza. Lo miró directamente a los ojos, sin apartar la mirada y sin sonreír de manera falsa. Era desafío puro. Esa acción, tan diminuta e insignificante, le arrancó a Cassian algo que estuvo a punto de convertirse en una sonrisa. Iris lo vio: la comisura de sus labios se tensó hacia arriba por una fracción de segundo antes de que su expresión volviera a ser la máscara impasible del monarca. Pero no era un juego. Nada de esto lo era. Mientras giraban por la sala, Cassian recordó el beso en el balcón. El calor de sus labios bajo los suyos, el estremecimiento que la recorrió y el sonido ahogado que había emitido. Recordó el cosquilleo inexplicable que había sentido en su propia piel, la extraña urgencia que había tenido de prolongar el contacto más allá de lo necesario. «Fue adrenalina», se dijo, mientras su mano se ajustaba en su cintura. «La tensión del momento, la presión de la multitud. Nada más.» Optó por retomar el control de la situación y de sus pensamientos. No podría permitirse perderse y menos en ese preciso momento.
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