Minutos después, la llevaron al baño contiguo, la misma suite de mármol oscuro y oro donde horas antes había preparado el baño de rosas para Selene, calentando el agua personalmente, añadiendo los pétalos con cuidado, asegurándose de que todo estuviera perfecto para su princesa.
Ahora, manos ajenas la desnudaron con una eficiencia que rayaba en lo hospitalario, como si estuvieran preparando un animal para el sacrificio. La sumergieron en el agua aún tibia y perfumada, el aroma a rosas que Selene adoraba envolviéndola como un sudario fragante. La esponja de mar más suave que había frotó su piel era la misma que ella había colocado cuidadosamente sobre el borde de mármol para su princesa.
Se sentía como un objeto, una pieza de reemplazo que debía ser pulida, ajustada y modificada para encajar en un espacio que nunca fue creado para ella. El jabón de aceite de oliva y lavanda olía exactamente a Selene —ella misma lo había elegido en el mercado de especias el mes anterior—. El champú de almendras dulces era el que la princesa prefería, importado de las costas del sur. Cada detalle era un recordatorio cruel de la mujer cuya ausencia había creado este vacío grotesco que ahora ella debía llenar.
Maëlle supervisaba cada movimiento con los ojos enrojecidos pero secos, su profesionalismo imponiéndose sobre el shock inicial.
―El cabello... hay que oscurecerlo un poco con el tinte de nuez. No mucho, solo unos matices. Y los ojos... son demasiado claros, demasiado... comunes. Necesitamos un delineador oscuro para darles profundidad, para hacerlos más misteriosos.
Iris temblaba incluso después de sacarla del baño, envuelta en una bata de seda que costaba más que su salario de un año entero.
Cuando trajeron el vestido, la inmensa creación de encaje y perlas de agua dulce que había admirado en secreto durante semanas, protestó de nuevo, encontrando en algún rincón de su alma un último destello de resistencia.
―Le pertenece a ella. No puedo ponérmelo. No sería correcto.
―Es una orden real, niña ―dijo Maëlle con una ternura inesperada que hizo que los ojos de Iris se llenaran de lágrimas a pesar de su valentía de permanecer serena. ―Y ninguno de nosotros quiere pagar con su vida, o con la de su familia, por desobedecerla. Él no es... no está en su mejor momento. La humillación lo ha herido donde más duele: en su orgullo, en su sentido del deber.
Iris cerró los ojos, permitiendo que una lágrima escapara y trazara un camino cálido por su mejilla recién lavada y perfumada.
«Es temporal», se repitió como un mantra, como una oración desesperada. «Una farsa necesaria. Una solución de emergencia. Cuando encuentren a Selene, cuando la traigan de vuelta, todo volverá a la normalidad. Solo tengo que aguantar hoy. Solo hoy».
El vestido le quedaba desastrosamente mal. Ajustado en la cintura donde Selene era más delgada, holgado en los hombros donde los huesos de la princesa eran más prominentes y angulosos. Las costureras fueron llamadas urgentemente, trabajaron de prisa con alfileres y murmurando de ajustes rápidos, sus dedos ágiles transformando la prenda de ensueño en algo que pudiera funcionar, que pudiera engañar a una multitud que vería a la novia desde lejos, con el velo ocultando su rostro y moviéndose con lentitud ceremonial.
La tiara de diamantes —la misma que usó la reina Isadora en su boda hace treinta años, la madre de Cassian, una mujer de belleza glacial y corazón de hielo según los rumores de servicio— pesó sobre su cabeza como una corona de culpa y acero. Los velos la envolvieron entonces, capa tras capa de gasa fina que difuminaban el mundo hasta hacerlo borroso, irreal, como un sueño del que no podía despertar.
La llevaron frente al espejo de cuerpo entero, el mismo donde Selene se había visto reflejada tantas veces, donde quizás había sonreído por última vez como princesa de las Islas Argyros antes de convertirse en fugitiva.
Iris no reconoció a la mujer que miraba desde el cristal. La figura esbelta y aparentemente regia envuelta en nubes de seda blanca y encaje, el rostro transformado por maquillaje que oscurecía sus cejas para darles un arco más dramático, delineaba sus ojos para hacerlos más profundos y misteriosos, y coloreaba sus labios en un rojo carmesí tan intenso que nunca se habría atrevido a usar. Bajo el velo, con la distancia correcta, con la luz filtrada de la catedral, con la expectativa de ver a Selene... quizás, solo quizás, podría pasar por ella.
Ese desconocimiento fue su única salvación. Si la mujer del espejo no era Iris Kovač —la huérfana, la doncella, la mujer de manos callosas y corazón simple— entonces Iris Kovač no tenía que caminar por ese pasillo de mármol ante miles de ojos. Podía separar su mente del cuerpo que avanzaría por la alfombra púrpura, podía observarlo todo desde lejos, como testigo desapegado de su propia usurpación, de su propio sacrificio ritual.
Desde lo más profundo de su ser, surgió una voz que la había acompañado desde la infancia en los barrios bajos de la capital, desde los días de hambre antes de que su madre consiguiera trabajo en palacio, la voz que la consolaba cuando su madre volvía demasiado cansada del trabajo para abrazarla, la que la animaba cuando las otras criadas la menospreciaban por ser huérfana, por no tener padre que la reclamara: “Sobrevivirás. Esto también pasará. Un día a la vez. Un respiro a la vez. Como has sobrevivido antes, sobrevivirás ahoraˮ.
Lucien apareció en la puerta, su rostro pálido pero compuesto en la máscara impecable del funcionario real, aunque Iris —que había aprendido a leer los silencios de los poderosos— vio el temblor casi gradual en sus manos, la tensión en su mandíbula.
―Es hora.
El séquito se formó con la precisión militar que caracterizaba todo el palacio: Maëlle a la derecha, dos doncellas de confianza cargando la cola de tres metros del vestido, guardias ceremoniales con uniformes dorados y espadas al cinto flanqueando el grupo.
Bajaron por las escaleras privadas, esos pasadizos ocultos tras tapices y falsos paneles que los sirvientes usaban para moverse invisiblemente por el palacio, para no perturbar la belleza arquitectónica con su presencia mundana.
En el patio interior, alejado de las miradas curiosas de invitados y cortesanos, el vehículo oficial aguardaba, decorado con guirnaldas de flores blancas y el escudo real bordado en las puertas.
Lucien abrió la puerta y, en un gesto que pareció costarle un esfuerzo sobrehumano, ofreció su brazo. Ocupaba el lugar que debería haber correspondido al padre de Selene, al noble argyrio que habría entregado a su hija al rey de Aurelion, sellando con esa entrega una alianza entre dos pueblos separados por el mar pero unidos ahora por el matrimonio.
Durante el breve trayecto hasta la Catedral Real, Iris contempló la idea de abrir la puerta y huir corriendo por las calles laterales, perdiéndose en el laberinto de callejones que conocía tan bien desde su infancia. Podría volver a los barrios bajos, esconderse, fingir que nada de esto había sucedido.
Pero a través de la ventana tintada vio las calles abarrotadas de ciudadanos que vitoreaban, que ondeaban banderas de Aurelion y de las Islas Argyros entrelazadas. Vio a ancianos con lágrimas en los ojos, a niños con las mejillas pintadas con los colores reales, a familias enteras que habían viajado durante días desde las provincias para ser testigos de este momento histórico. Vio la esperanza en sus rostros, la fe en que esta unión traería prosperidad, paz, un futuro mejor.
«El reino necesita esto», pensó, y la verdad de esa idea la atravesó como una flecha envenenada. «La estabilidad importa más que una doncella. La paz importa más que mi felicidad. El deber... el deber importa más que todo».
Al llegar a la entrada lateral de la catedral, el sonido del órgano la envolvió, potente y enfático, las notas de la antigua marcha nupcial resonando en la piedra histórica.
Lucien le susurró justo antes de que las puertas se abrieran, su voz grave y urgente:
―Camine despacio. Mire al frente, hacia el altar. No hable con nadie. No mire a nadie a los ojos, especialmente no a los embajadores extranjeros. Sonría levemente si debe, pero no demasiado. Selene nunca sonreía mucho en público.
Las enormes puertas de roble tallado del salón del trono se abrieron con un crujido que resonó en el silencio repentino de la congregación.
Una ola de calor humano y sonido la golpeó con fuerza física. Miles de rostros se volvieron hacia ella como girasoles al sol, una masa de curiosidad, admiración y expectativa. La nobleza de Aurelion con sus vestimentas caras y joyas heredadas, los embajadores extranjeros con sus bandas de seda y condecoraciones relucientes, los líderes religiosos con sus túnicas ceremoniales bordadas con símbolos sagrados.
Y más atrás, en las galerías altas, los rostros del pueblo común que había ganado la lotería para asistir, los rostros de aquellos por quienes, en última instancia, se celebraba esta farsa.
Una aclamación rugió entonces por la sala, tan poderosa que hizo vibrar el suelo de mármol bajo sus pies, que estremeció los vitrales coloreados, que llenó el aire con un sonido casi animal de aprobación y júbilo.
"¡Viva la reina! ¡Viva Aurelion! ¡Vivan los reyes!"
El pueblo ya la amaba. Ya la había adoptado sin conocerla, sin saber que estaban vitoreando a una impostora, a una criada vestida con ropas ajenas, pronunciando votos que no eran suyos.
El peso de esa aceptación no buscada, de ese amor basado en una mentira piadosa, la aplastó con una fuerza casi física, haciéndole difícil respirar bajo las capas de seda y el corsé apretado.
Avanzó por la interminable alfombra púrpura, esparcida de pétalos de rosa blanca que desprendían un aroma embriagador al ser pisados. A cada lado, las miradas la seguían: curiosas, devotas, envidiosas, calculadoras.
Las cámaras de televisión, colocadas estratégicamente, transmitían su imagen a un mundo entero que creía estar viendo a la princesa Selene Argyros caminando hacia su destino real, cumpliendo el deber por el que había sido educada desde la cuna.
Y al final del pasillo, bajo el arco triunfal de flores blancas, ante el altar dorado iluminado por la luz filtrada de los vitrales que representaban la historia de Aurelion, estaba él.
Cassian Valmont, Rey de Aurelion, era una figura de imponente autoridad incluso en la distancia. Su espalda recta como la hoja de una espada, su rostro perfectamente compuesto en una expresión de serena solemnidad que no delataba ni un ápice del caos que habían vivido apenas una hora antes, su mano enguantada de blanco extendida esperando la de ella.
No parecía un novio esperando a su amada, sino un general aceptando la rendición de una fortaleza, un rey reclamando lo que por deber le correspondía, lo que el destino —y la traición de su hermano— le habían arrebatado y ahora le devolvían en forma diferente.
Justo antes de llegar al altar, entre la primera fila de nobles donde se sentaba la familia real y los invitados de mayor rango, vio a la princesa Elara. La hermana del rey, normalmente serena y contenida, tenía los ojos muy abiertos, la cara blanca como la cera de las velas que brillaban en el altar.
Sus labios finos y distinguidos, tan parecidos a los de Cassian, formaron una palabra silenciosa, un nombre que ahora sonaba a traición, a secreto compartido: "¿Iris?"