Capítulo 2: La novia provisional

1666 Words
Las palabras resonaron en la habitación. Por un segundo, el mundo se detuvo. Iris emitió un sonido ahogado, como si le hubieran quitado el aire. Sus ojos, aquellos ojos color miel, se dilataron con un entendimiento que se transformó en puro terror. Apenas una hora antes, su mayor preocupación era si el agua del baño de Selene estaba a la temperatura exacta; ahora, arrodillada en el frío mármol de la suite nupcial, sentía el peso de una corona que nadie le había ofrecido, pero que se cernía sobre su cabeza como una espada suspendida. El eco de la frase del rey aún sonaba en la estancia perfumada de jazmín y naranjo: “Iris Kovač será mi esposaˮ. Por un instante suspendido en el tiempo, Iris creyó haber malentendido. Tal vez el rey solo quería decir que ella ayudaría a encontrar un reemplazo, que serviría de testigo, cualquier cosa menos aquello imposible, aquello que rozaba lo sacrílego. Pero entonces Cassian se acercó, y su presencia llenó el espacio entre ellos con una autoridad que aplastaba cualquier esperanza de error. Sus ojos grises, que ella había observado desde la distancia durante años con una mezcla de admiración y temor reverencial, ahora la miraban directamente. En ellos no había confusión, ni broma, solo una furia contenida tan fría y afilada como el acero de la espada que colgaba de su cinturón ceremonial. Iris retrocedió instintivamente, buscando con la mirada desesperada a la princesa Elara, cuyo rostro sereno y bondadoso siempre había sido un refugio en la rigidez glacial del palacio. Pero Elara no estaba entre los presentes horrorizados. Solo vio las expresiones congeladas de Lucien, de Maëlle la jefa de doncellas, de las otras sirvientas que se apiñaban cerca de la puerta. Todas compartían el mismo espanto comprensivo, la misma certeza muda de que el mundo acababa de desviarse de su eje. Había oído bien. Sus dedos, moviéndose por propio impulso, rozaron el borde del vestido de novia que colgaba del armador, la seda tan suave como en aquellos sueños secretos que jamás se atrevería a confesar. Había acariciado ese tejido en la oscuridad de su imaginación, un anhelo tan inocente como prohibido, tan improbable como la luna cayendo sobre los jardines reales. Jamás, ni en sus fantasías más descabelladas, había imaginado que tocaría esa tela convertida en un lienzo de seda y encajes. ―La ceremonia comenzará en dos horas ―anunció Cassian, su voz cortando el aire cargado de pánico como un decreto tallado en piedra. ―Prepárenla. Ahora. Lucien dio un paso al frente, su lealtad chocando visiblemente con el sentido común que le gritaba que aquello era una locura. ―Majestad, considere las implicaciones... las alianzas, la reacción de las Islas Argyros... ―Ya está considerado ―interrumpió Cassian sin apartar los ojos de Iris, como si ella fuera un problema vital que requería solución inmediata. ―Y mi decisión ya está tomada. Aurelion no puede permitirse el escándalo. El pueblo necesita seguridad. Los mercados, estabilidad. Si hoy no hay boda, mañana habrá rumores de debilidad, y la semana que viene los separatistas del norte estarán tomando pueblos fronterizos. El pánico, un animal vivo y ciego, comenzó a agitarse en el pecho de Iris. Las paredes adornadas parecieron estrecharse y el techo curvado inclinarse sobre ella. ―No puedo... ―murmuró, pero las palabras murieron en sus labios secos, ahogadas por la incoherencia de lo que se le pedía. El rey observó su palidez repentina, el temblor casi progresivo de sus manos. ―Traigan agua. No se desmayará. Una doncella más joven, una muchacha que Iris había entrenado personalmente el mes anterior, corrió a cumplir la orden. Iris bebió del vaso de cristal que le ofrecieron, sus manos tan temblorosas que el agua se derramó sobre su delantal de lino simple, manchándolo con una humedad que parecía expandirse como su miedo. Se sintió ridícula, insignificante. Una huérfana sin linaje, una criada cuyo pasado entero cabía en un pequeño cofre de madera bajo su cama en la habitación compartida con otras tres doncellas. ¿Cómo podía, esa mujer sin historia, ocupar el lugar de una princesa cuyo linaje se remontaba a diez generaciones de gobernantes? Cassian se dirigió entonces a Maëlle, cuya cara redonda y normalmente bondadosa estaba descompuesta por el shock, los ojos enrojecidos y la boca entreabierta en una mueca de incredulidad. ―Usted y sus doncellas la prepararán. Pido discreción absoluta. Si alguien pregunta, digan que el rey ha elegido una nueva esposa y que los detalles se revelarán después de la ceremonia. Maëlle abrió la boca como para protestar, cerró los ojos como buscando fortaleza en la oscuridad interior, y al final asintió con un movimiento que pareció costarle un esfuerzo físico. ―Sí, Majestad. ―Yo... ―intentó Iris nuevamente, encontrando en algún lugar profundo de su ser un fragmento de valor que no sabía que poseía. ―Hay otras mujeres, damas de la corte, alguien con educación, con alcurnia, con la preparación necesaria para... para ser reina. Cassian se volvió hacia ella completamente, y el movimiento fue tan rápido y exacto que Iris contuvo la respiración. ―¿Crees que no lo medité? Cualquier dama de la corte exigiría explicaciones. Tendría familia que preguntara, padres que exigieran compensaciones, hermanos que viera la oportunidad de ascender. Tú no. ―Hizo una pausa intencional, dejando que el significado cruel y versado de sus palabras se asentara en el aire entre ellos. ―Y lo más importante: has jurado lealtad a la corona. Hoy, la corona te requiere este servicio. El juramento. Iris lo recordaba vívidamente, como si fuera ayer. Tenía dieciséis años cuando, tras la muerte lenta y dolorosa de su madre por la fiebre, Maëlle le había asegurado un puesto permanente en palacio. Había jurado solemnemente, de rodillas en la capilla pequeña de servicio, servir al rey y al reino con su vida si era necesario. El palacio había sido su único hogar desde entonces, el lugar donde había encontrado refugio, comida regular y un propósito. Y Cassian, aunque nunca le había dirigido la palabra directamente, había sido el eje alrededor del cual giraba ese mundo: el príncipe heredero que se convertía en rey tras la renuncia de su padre, la figura distante y majestuosa en los balcones, el hombre cuyo bienestar era, literalmente, el bienestar de Aurelion. No había escapatoria. No física —los guardias ya bloqueaban las salidas—, pero tampoco en su corazón, atado por promesas solemnes y un sentido del deber que le habían inculcado desde que tenía uso de razón, ese mismo deber que ahora la traicionaba pidiéndole lo imposible. ―Es un error ―exhortó, aunque su voz era apenas un suspiro, el último aliento de resistencia antes de la rendición. ―Es una emergencia ―corrigió Cassian, implacable como el invierno del norte. ―Hablaremos después. Ahora, obedezcan. Las doncellas, entrenadas para cumplir órdenes sin cuestionar, avanzaron y se le acercaron a la joven. Cuando unas manos empezaron a desabrochar los pequeños botones de su sencillo vestido de servicio frente a todos los presentes, algo en Iris estalló. ―¡No! ―gritó, alejándose bruscamente hasta tropezar con el borde de la cama ordena de Selene. El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón, el crujido lejano de las ruedas de un vehículo en el patio exterior, el suspiro tembloroso de una de las doncellas más jóvenes. Hasta Cassian pareció sorprendido por el arrebato de desobediencia, sus cejas oscuras elevándose levemente antes de que su expresión volviera a ser la máscara impasible del monarca. Fue en ese silencio cargado, en ese momento suspendido entre la rebelión y la sumisión, cuando Iris comprendió algo devastador: si hubiera llegado antes esa mañana, si no se hubiera demorado limpiando un derrame de miel en las cocinas antes de subir —un accidente de un pinche novato que había requerido su atención—, quizás habría llegado a tiempo. Quizás habría visto a Selene preparándose para saltar por la ventana, o habría escuchado los pasos del hombre que la esperaba abajo. Su deseo de ser útil, de resolver problemas pequeños antes de ocuparse de los grandes, su inclinación natural por darle a la princesa un último momento de privacidad en la víspera de su matrimonio... todo eso había sido, en parte, lo que permitió este desastre. La culpa se instaló en su pecho, pesada y justificada, un peso moral que se sumaba al físico del destino que la aguardaba. Cassian esperó, su mirada gris perforándola, evaluando cada matiz de su expresión. ―¿Sí o no, Iris Kovač? Esta es la última vez que pregunto. ¿Acaso le estaba dando a elegir? ¿Pero acosta de que? ¿Cuál era el precio que tenia que pagar si respondía "no"? Ella miró el vestido de seda que brillaba bajo la luz matutina que entraba por la ventana entreabierta —la misma por donde había escapado Selene—, luego a las caras aterradas de las otras doncellas que temían por sus propios empleos, por sus propias vidas si desobedecían al rey. Se detuvo finalmente al rostro de Cassian. En sus ojos no había misericordia, pero tampoco crueldad infundada. Solo una osadía absoluta, forjada en el mismo deber al que ella acababa de apelar, una resolución que parecía tallada en granito. ―Seré... ―tragó saliva, sintiendo cómo las palabras se formaban contra su voluntad, empujadas por la culpa y por ese juramento que ahora pesaba más que nunca, ―la novia provisional. Una sombra de algo —¿era alivio? ¿Era tal vez el reconocimiento de que, al fin, alguien en esa habitación entendía la magnitud del sacrificio que se le pedía?,— pasó por el rostro de Cassian. ―Bien. Pero quiero que te quede claro esto: no estarás sola. Habrá guardias en cada puerta, cada pasillo, cada ventana. No habrá escape, ni hoy ni después. A partir de este momento, perteneces al trono.
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