El Gran Salón del Trono resonaba con el murmullo de cientos de voces, el tintineo de cristal y el eco lejano de la música de cámara que tocaba en la galería superior. Iris, sentada en la plataforma elevada junto a Cassian, sentía cada sonido como un martillazo en sus sienes. Pero, a pesar del ruido de afuera, una comprensión tranquila y profunda se instalaba en su interior.
Cassian le había exigido un sacrificio. No con palabras claras, pero sí con la dura realidad de la alianza en su dedo, con la firmeza de su mano cuando la había llevado y con la expectativa en sus ojos grises. Y aunque la idea la oprimía por dentro, como un corsé demasiado apretado, no podía culparlo. No realmente.
«El reino de Aurelion ha pasado por demasiado», pensó, sus ojos recorriendo discretamente los rostros de los nobles que celebraban.
Recordó los últimos años: la muerte de la reina Isadora, una figura lejana pero confiable; el colapso de la estabilidad tras la crisis de sucesión cuando el viejo rey renunció y se fue a un monasterio; las protestas en las provincias del norte; la gente, que no solo tenía hambre de comida, sino también de certezas, de un futuro seguro.
Esta boda, esta unión, era un símbolo de continuidad. Y Cassian había elegido proteger ese símbolo a cualquier costo, incluso si el costo era su verdad y su libertad.
Su papel no era romántico. Nunca lo había sido. Era político. Una solución desesperada para evitar el caos. Un remedio para una herida que perdía su credibilidad.
Después de un tenso silencio que pareció durar entre ellos, a pesar del ruido del banquete, Iris miró a Cassian. Él ya la observaba, como si hubiera estado esperando ese momento.
—Haré lo que usted desea —dijo, y su voz sonó más segura de lo que esperaba.
Cassian no contestó inmediatamente. La observó con una intensidad inquietante, sus ojos recorriendo su rostro como si pudieran leer cada pensamiento que intentaba ocultar, cada duda que intentaba sofocar.
Iris trató de apartar la mirada, de fijarla en su copa de cristal tallado, en el reflejo distorsionado de las velas en el vino oscuro. Pero quedó atrapada en los reflejos de sus ojos, en esa profundidad gris que parecía ver a través de todas sus capas.
—Eso es exactamente lo que quiero —dijo él finalmente, y su voz era grave, controlada, la voz de un rey dando una orden, no de un esposo haciendo una petición—. Y ahora sonríe. Hazles creer que hoy es el día más feliz de tu vida.
Contra todo pronóstico, obedecer no le resultó difícil. Cuando Cassian esbozó una sonrisa leve, dirigida a un grupo de nobles que los saludaban desde una mesa cercana, Iris la imitó sin siquiera darse cuenta.
No fue la sonrisa amplia y radiante de una novia enamorada, pero fue una sonrisa genuina en su suavidad, un relajamiento de los músculos faciales que había mantenido tensos durante horas.
Cassian lo notó al instante. Giró un poco la cabeza hacia ella, y algo en su expresión —una pequeña relajación alrededor de los ojos, casi invisible— pareció mostrar satisfacción.
—Come un poco más —dijo en un tono que pretendía ser amable, aunque en él sonaba extrañamente formal—. Si algo no te gusta, lo haré cambiar.
Iris se sobresaltó. Pensó en los criados, en los cocineros, en aquellas miradas de reproche. En el esfuerzo que ha costado preparar todo esto. En lo inapropiado, lo caprichoso que sería. La idea de causar más molestias, de destacar aún más, eso le resultó repulsiva.
—No es necesario —respondió rápidamente—. Todo está perfecto.
—No lo digo por necesidad —aclaró Cassian, y su tono volvió a tener esa cualidad de enseñanza que parecía natural en él. —Lo digo porque eres mi reina. Y los deseos de mi reina importan.
Iris odió ese título en ese momento. Lo odió con una intensidad que la sorprendió.
«No quiero pensar que esto se ha vuelto real. Necesito recordar que todo esto es provisional. Una farsa cuidadosamente sostenida. Si empiezo a creer que soy realmente la reina, si empiezo a aceptar que mis ‘deseos importan’… entonces, ¿qué quedará de mí cuando esto termine? ¿Quién seré cuando me quiten este vestido y esta tiara?»
Cassian asintió, como si entendiera su resistencia, pero eligió no confrontarla directamente. Luego, con una calma que pareció ensayada, se dio la vuelta para hablar con un primo que estaba sentado a su izquierda y que había estado tratando de llamar su atención.
La sensación de abandono golpeó a Iris de forma inesperada y violenta. No era que deseara su atención, todo lo contrario, pero la rapidez con la que pasó de observarla intensamente a ignorarla por completo la dejó desequilibrada. Tardó unos segundos en recomponerse, en recordar que tenía que mantener la sonrisa, la postura y la fachada.
Al levantar la vista, buscando algo en qué fijarse que no fuera el perfil severo de Cassian, notó que un hombre mayor en la mesa contigua la observaba con una atención excesiva, nada discreta. Lo reconoció: era el duque Alvaris, uno de los tíos de Cassian, el mismo que, según Elara, había intentado exigir explicaciones por el cambio de novia.
El duque, al darse cuenta de que había sido descubierto, no apartó la mirada. Al contrario, esbozó una sonrisa cortés y se inclinó levemente hacia ella.
—Espero —dijo, con una voz que llevaba el peso de la edad y la autoridad— que tengan una luna de miel maravillosa. Mi esposa y yo estaremos encantados de recibirlos en nuestra casa de campo cuando regresen.
La palabra “luna de miel” sacudió a Iris por dentro como una descarga eléctrica. No había pensado en eso. No había considerado que existiera tal plan. En la prisa desesperada por cubrir el escándalo, en la locura de convertirse en reina en cuestión de horas, ese detalle se le había escapado por completo.
«¿A dónde se supone que iremos? ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué se espera de mí durante ese… viaje?»
Intentó responder, abrió la boca, pero las palabras se atascaron en su garganta. ¿Qué podía decir?
«¿Gracias, pero no sé si habrá luna de miel? ¿No estoy segura de cuáles son los planes?»