Capítulo 19: Fecha de vencimiento

877 Words
De repente, su mente recordó a Selene. En la princesa que había huido, que había preferido la incertidumbre del exilio a la jaula dorada de este matrimonio. —¿Y Selene? —preguntó—. ¿Qué pasará con ella? ¿Con el compromiso? ¿La alianza con las Islas Argyros? Cassian se tensó inmediatamente. Su mandíbula se endureció, sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de los de ella. —Sé quién se la llevó —dijo, y su voz era hielo—. Y también ya sé dónde está. El compromiso ahora está roto. Ya hablé con su padre antes de la ceremonia y acordamos una versión… diplomática de los hechos. Él no pedirá explicaciones públicas y, a cambio, yo no daré a conocer los detalles de su fuga. Hizo una pausa. Pero cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más contenida. —No quiero hablar más de ella. Selene Argyros ha dejado de existir para mí. Iris sintió la tensión en sus hombros y la rigidez en su cuerpo al oír esas palabras. Algo en su expresión, una sombra rápida y poco visible, daba a entender que el asunto de Selene no era solo un tema de política. Era personal y era evidente que todavía era doloroso para él. —Lo que me interesa es que hablemos de nosotros —dijo él—. De Iris y de Cassian. De lo que podemos construir juntos. —Pero usted me prometió —insistió Iris, aferrándose a esa promesa como un náufrago a una tabla—. Me aseguró que solamente era una emergencia. Una solución rápida y temporal. Esas fueron sus palabras. El monarca guardó silencio durante varios segundos. Sus ojos recorrieron su rostro como si estuviera memorizando cada línea, cada ángulo y cada sombra. Luego, con una calma que era casi cruel, propuso algo nuevo. —Que sean cinco años. Iris parpadeó. —¿Cinco años? —Permanece casada conmigo durante cinco años —dijo él—. Como mi reina, mi esposa, la madre de mis herederos. Cumples con todos los deberes de tu posición. Al concluir dicho período, si aún tienes la intención de partir, si aún consideras que tu libertad es más valiosa que todo lo que has construido aquí, te concederé el divorcio. Iris sintió que el corazón se le aceleraba. Cinco años. No era para siempre. Era un plazo, un límite, una fecha de vencimiento para su condena. —No quiero lujos —dijo rápidamente—. No quiero joyas, ni vestidos caros, ni… Él levantó su mano, la que sostenía la suya, y con un dedo, le acarició la barbilla. El gesto era increíblemente suave e increíblemente íntimo. —¿Desprecias tanto a este pueblo —preguntó— que quieres que no esté estable? Iris abrió la boca para protestar, pero las palabras murieron en sus labios. —Eso no es justo —susurró. —La vida nunca ha sido justa contigo —dijo Cassian, y no había crueldad en su tono, solo una verdad desnuda, implacable—. Terminaste en un orfanato sin que nadie te explicara por qué. Tu madre murió demasiado joven, sola y siendo muy pobre. Has trabajado desde que tienes memoria, esforzándote para sobrevivir y conservándote invisible ante los ojos de todo mundo, sin molestar a nadie. La justicia no ha sido generosa contigo, pequeña. Hizo una pausa, sus dedos aún acariciando su barbilla. —Yo no puedo darte justicia. No puedo devolverte a tu madre, ni darte una infancia diferente, ni borrar los años de trabajo duro y soledad. Pero puedo darte algo más. Puedo darte la oportunidad de escribir tu propia historia. No como el individuo afectado por las circunstancias, sino como su creadora. Iris sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de tristeza, sino de esa emoción abrumadora que surge cuando alguien te ve, realmente te ve, después de haber sido invisible toda una vida. —¿Y si después de cinco años no quiero irme? —preguntó, y su voz era apenas un susurro. Él sonrió. No era una sonrisa triunfante, ni calculadora. Era una sonrisa pequeña, casi vulnerable, que transformaba su rostro severo en algo completamente diferente. —Entonces habré ganado. Y con eso, ella entendió todo, que no estaba tratando con un hombre enamorado; eso le había quedado muy claro. Dado que lo que había escuchado no eran expresiones de amor eterno, ni promesas románticas, ni grandes gestos de amor verdadero. No era un esposo que buscaba conquistar su corazón. Sino un rey que había encontrado una solución a su problema: una reina estable, que fuera aceptada por el pueblo y que pudiera darle herederos. Tenía dos opciones. Ese matrimonio inmediato y permanente, para toda la vida, sin posibilidad de escape. O cinco años. Cinco años que podrían convertirse en eternidad si ella, al final del plazo, decidía que no quería irse. Cassian ya había decidido. Su decisión era clara, fuerte e inquebrantable. La pregunta ahora no era si él cambiaría de opinión, porque no lo haría. La pregunta era cuánto tiempo tardaría ella en aceptar que su libertad tenía fecha de vencimiento. ¿Y qué pasará cuando llegue esa fecha y me dé cuenta de que ya no quiere usarla?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD