Era un martes cualquiera. Félix había salido del trabajo algo antes y decidió hacer la compra pendiente antes de llegar a casa. Entró al supermercado sin pensar demasiado, siguiendo la inercia de los hábitos: fruta, yogures, algo de pan, café… dobló el pasillo de productos en conserva cuando, de pronto, una figura conocida, de espaldas, revisaba con detenimiento una lata de tomate natural triturado. El cabello castaño, la postura erguida, la forma de inclinar la cabeza. —¿Aurora? Ella se giró despacio, como si hubiera intuido que esa voz no podía pertenecer a nadie más. —Félix… Hubo un segundo de vértigo, como si el aire se adelgazara en el pasillo de las salsas. Ambos sonrieron con gesto medido, pero sus ojos hablaban por debajo de la compostura. —Vaya, qué sorpresa —dijo él, acercá

