.
~Algunos meses después ~
.
Entré a la recepción del hotel sacudiéndome los restos de nieve que habían quedado en mi abrigo. Temblé cuando una gota de agua helada se coló por el cuello de mi camisa, y pensé una vez más en lo ridículo que era decidir casarse durante aquellas fechas tan frías. Esa sería, sin duda, la boda de un par de idiotas.
—Buen día, caballero. Necesito que se retire el gorro y las gafas, por favor. —Me indicó el guardia de seguridad, acabando con el único gramo de entereza que me quedaba ese día.
Con resignación tuve que quitármelos, esas dos prendas que se habían convertido en parte de mi cuerpo en los últimos meses. Quitármelas era equivalente a quedarme sin ropa en plena vía pública, expuesto e indefenso. Tensé la mandíbula cuando el guardia, que no era más que un jovencito escuálido, frunció el ceño al ver mi rostro.
—¿Me indica hacia dónde se dirige, por favor? —preguntó recomponiéndose y aparentando indiferencia, la impresión había pasado y ahora solo le quedaba la vergüenza, todos solían reaccionar igual, y me había acostumbrado, pero eso no lo hacía más llevadero.
—Al jardín central. Soy parte del cortejo de la ceremonia Lahm —mentí, no tenía ánimos de explicar que solo venía a buscar a mi novia, quien sí era parte del cortejo; y rogué para que al impresionado chico le bastara con eso para dejarme entrar.
—Ah… Claro, señor. Los preparativos de la ceremonia se llevan a cabo al fondo, en… —El muchacho no dejaba de balbucear con torpeza y, por encima de mi propia incomodidad, empecé a sentir lástima por él.
—¿En el jardín central? —Repetí lo que ya había dicho y le vi asentir mientras señalaba a su espalda—. Gracias. —Incliné la cabeza como despedida y emprendí mi camino.
Fue una fortuna que no hubiese muchas personas en la recepción ese día, pero aun así tuve que ejercer una fuerza sobrehumana para no colocarme las gafas de sol de nuevo ante las miradas curiosas y, en algunos casos, descaradas de los huéspedes que me crucé en el camino.
En mis veintiséis años de vida jamás me había detenido a pensar en la imprudencia como un verdadero problema, eso nunca fue importante para mí; pero esos últimos meses me estaban dando una perspectiva totalmente nueva de la vida.
Era impresionante descubrir cuántas personas a nuestro alrededor pecaban de imprudentes al mirar con descaro las imperfecciones y defectos físicos de los demás. En el pasado nunca fui blanco de esas miradas; las personas, en especial las mujeres, me miraban con admiración. Siempre fui un tipo atractivo y me regocijaba de ello, quizás demasiado y tras el accidente había empezado a pagar por mi actitud, siendo fuente no solo de miedo, sino de incomodidad para el resto… Nuevamente, en especial las mujeres.
Bajé la cabeza y apresuré el paso para salir de aquel condenado lugar de una vez, sintiéndome un poco enfadado con Cassie por obligarme a ir. No conforme con tener que asistir a la ceremonia, sabiendo que todos se sentirían incómodos con mi presencia; también quería que estuviera en el maldito ensayo. La amaba, pero a veces parecía no ser consciente o no importarle mi condición.
Salí al jardín y la busqué con la mirada, encontrándola del otro lado del jardín, en la pérgola del fondo, hablando con Martha, una de sus amigas. Me acerqué a paso seguro, pero fui disminuyendo la velocidad al notar que parecía estar llorando, y aprovechando que no se había fijado en mí, me oculté detrás de unos arbustos, tratando de oír lo que pasaba.
—Pero… ¿No han pensado en cirugías? —preguntó Martha.
—¡Yo sí! Le he dado vueltas y vueltas en mi cabeza a ese asunto, he pensado incluso en pedirle dinero a papá, pero cada vez que le toco el tema de las cicatrices, él… se cierra por completo. No quiere hablar al respecto. —Cassie hablaba con tono afligido.
—Bueno… Supongo que es un tema duro para él.
—¡Lo sé! Y me siento tan terrible, Martha —sollozó—; pero no puedo evitar sentir escalofríos cada vez que le miro a la cara, es tan… repulsivo. No tienes ideas de cuántas pesadillas he tenido desde entonces. Ese accidente se ha llevado todo lo que amaba de Bastian. Ya ni siquiera su personalidad está ahí. No sé cómo hacer para irme a la cama con él, por donde sea que lo toque, hay una…una maldita cicatriz —gimoteó— Sé que soy una persona terrible por pensar así, pero no puedo evitarlo.
Me quedé inmóvil. Sus palabras y su llanto se mezclaban en mi cabeza amenazando con hacerla explotar. Vergüenza, decepción y una desolación absoluta se empezaron a apoderar de mí.
Vergüenza porque era la primera vez que alguien confirmaba en voz alta lo que yo ya sabía; aunque en el pasado había sido adorado por las mujeres, me había convertido en algo nada más que repugnante. Decepción porque, después de cuatro años de relación, hubiese pensado que merecía al menos que ella fuese sincera conmigo y me hablara de frente, pero todo apuntaba a que no sería así. Y desolación porque comprendí, finalmente, que no había futuro entre nosotros, no después de escuchar eso, y temí que mi destino fuese estar solo, que ninguna mujer pudiera amarme jamás.
—Yo te entiendo, Cassie —respondió Martha en consuelo—; pero creo que tienes que ser fuerte por un tiempo más. Él necesita apoyo ahora más que nunca.
—¡Bastian, hombre! ¿Qué haces ahí escondido? Ven a saludar. —Di un respingo al escuchar la voz de Matthias Lahm, el padre del novio—. Creímos que no ibas a venir.
—¿Bastian? —chilló asustada Cassie al verme, y vi en sus ojos el pánico de saber que le había estado escuchando.
—¿Cómo has estado, muchacho? Cassandra nos dijo que tenías una entrevista de trabajo hoy, ¿cómo te ha ido?
—No muy bien, me temo. No soy lo que buscan en el concesionario. —Tensé la mandíbula, humillado de tener que admitir aquella derrota, al parecer, mi nuevo rostro tampoco me permitía venderle nada a las personas.
—Pues entonces, eso no era para ti. Ya verás que, más pronto de lo que te imaginas, llegará a tu puerta tu gran oportunidad. —Me aseguró el hombre antes de disculparse cuando alguien lo llamó desde la carpa central.
—Ehm… Creo que los dejaré solos un momento —comentó Martha, visiblemente apenada, poniéndose de pie y esquivando mi mirada cuando pasó a mi lado.
—Bastian, mi amor… Yo… —empezó a hablar Cassie, pero alcé una mano para detenerla.
—No digas nada. Ya escuché bastante. —Al oírme, comenzó a llorar desconsolada.
—Lo siento tanto, yo no quería…
—¿No querías qué? —Hice una pausa, tratando de controlar mi rabia—. ¿Decírmelo? ¿Por cuánto tiempo más pretendías ocultarlo, entonces?
—No lo sé, Bastian, yo solo… no sé qué hacer. Todo esto es tan difícil; todo ha sido una locura desde el accidente. —Se defendió, aún con la cabeza baja.
—Sí, imagino que ha sido difícil para ti, y, sin embargo, es mi rostro el que lleva la cicatriz. —Le recordé, provocándole más llanto.
—Perdóname.
—No tengo nada que perdonarte, pero creo que lo mejor es que me marche.
—¿Marcharte? —preguntó asustada— ¿Vas a dejarme?
—¿Acaso quieres quedarte conmigo? —repliqué viendo cómo se sonrojaba—. Creo que es momento de afrontar lo que venimos ignorando desde hace un tiempo… Creo que es mejor retirarnos ahora, mientras seguimos siendo amigos, en lugar de continuar y terminar llenos de resentimientos.
—En serio lo siento muchísimo, Bastian. Jamás quise lastimarte.
—Sé que no, pero yo tampoco quiero atarte a una vida infeliz solo por compromiso.
—Lo siento —repitió en un susurro lloroso.
—Descuida, todo estará bien… Espero que seas feliz, Cassie.
Me acerqué a ella y besé su frente, sintiéndola temblar, Me arrepentí al instante; me pregunté si mi contacto también le desagradaría tanto como mirarme, y de ser así, me pregunté cómo pudo habérmelo ocultado por tanto tiempo.
La idea de que me engañara, que se hubiese mantenido a mi lado solo por lástima, me estaba envenenando la cabeza. Nada jamás me molestaba tanto como que me tomaran por tonto, que se burlaran de mí; pero aun así intenté reprimir esos sentimientos de rencor hacia ella; no tenía sentido odiarla por lo que había dicho, no cuando yo era perfectamente capaz de entender que se le hiciera difícil compartir la cama conmigo, mucho más compartir sus días con alguien marcado de por vida como lo estaba yo.
—Espero que tú también lo seas, Bastian… Lamento que todo saliera así.
Hizo un amago de abrazarme, pero la detuve; jamás dejaría que volvieran a ponerme una mano encima. Sus palabras ardían en el interior de mi cabeza, y lo harían eternamente.
—Es hora de irme —anuncié con voz grave, y sin decir nada más, me di la vuelta y empecé a alejarme de ella.
Ignoré a todos los que se cruzaron en mi camino, incluso los que llegaron a reconocerme y saludarme, y en menos de cinco minutos estuve fuera del hotel. Me detuve un momento y llené mis pulmones de aire para luego soltarlo lentamente, solo entonces fue que sentí los temblores de mi cuerpo, la furia y la vergüenza empezaban a hacer estragos en mi interior.
Luego de aquel maldito accidente, mi vida se había ido a la mierda, desperté con el cuerpo completamente destrozado, vivo de puro milagro, pero con la mitad del rostro desfigurado. No había pasado ni un mes cuando recibí la notificación de que me daban una baja médica forzosa de la Fuerza Aérea… Cuando recién iniciaba la escuela de Oficiales. Además, con el de esa tarde ya eran tres puestos para los que me rechazaban en el último mes, y de pronto mi prometida confesaba sentir asco por mi apariencia… Poco a poco estaba perdiendo todo y no podía evitar preguntarme cuánto más tendría que soportar.
Suspiré y me pasé una mano por el rostro, y en un acto de resignación, empecé a caminar sin colocarme nuevamente las gafas. Me desplazaba por la calle Anni Albers, ignorando las miradas y susurros de los transeúntes, diciéndome a mí mismo que si así sería mi vida de ahora en adelante, ¿qué sentido tenía esconderme detrás de unas gafas oscuras? Que quizás eliminando el elemento sorpresa, las personas se acostumbrarían más rápido a lo que era lidiar conmigo.
—¿Bastian Hoffman? —Me detuve al oír mi nombre, y giré sobre mis talones para ver de quién se trataba.
—¿Ben? —Sonreí al reconocer en el hombre de traje frente a mí al chico que tanto me retó años atrás.
Benedikt Albrecht fue uno de los chicos adinerados del colegio, un muchacho altanero con el que siempre mantuve cierta rivalidad por la atención de las chicas; aunque en realidad siempre fuimos amigos, y siempre existió respeto mutuo entre ambos, cada uno reconociendo las virtudes del otro. No lo había visto desde la graduación, viéndolo en ese momento, parecía un corredor de Wall Street.
—¡Dios, Bastian! —exclamó, llevándose una mano al cabello oscuro— Recién ayer me enteré de lo que te ocurrió, hombre. Lo siento tanto, pero qué alivio es verte bien.
—Sí, casi no la cuento. Fue una época difícil, lo sigue siendo; pero estoy mejorando. Sigo haciendo terapias físicas, pero ya pronto podré volver a la normalidad, bueno… —Hice una pausa señalándome la cara—. Casi.
—Lo veo… —comentó con pesar—, pero tu vida vale más que eso. —Reí con amargura al oírle.
—Justo ahora mi vida no es que valga mucho, para serte sincero. —Ben hizo una mueca de pesar.
—¿Tan mal así?
—Así de mal, sí. —Suspiré sin saber por qué le decía todo aquello—. Pero lo bueno es que ya no seré un estorbo en tu camino. Ahora sí podrás acostarte con todas las mujeres de Múnich sin que yo esté de por medio. Eso debe hacerte feliz —comenté en broma, recordando que el humor n***o era el favorito de Ben.
—Me hace feliz verte con vida, solo eso —dijo, mirándome con seriedad.
—Gracias —respondí a falta de una mejor expresión. Él se vio más animado de pronto.
—¿Qué estás haciendo ahora?
—¿Justo ahora? —«Acabo de terminar con mi novia, que admitió tenerme asco, y pretendía irme a casa a lamentarme por ello»—. Ir a casa, supongo.
—No —replicó, poniendo los ojos en blanco—, me refiero a si estás trabajando en algo justo ahora.
—¡Ah! No. Estoy buscando empleo, en realidad. Necesito algo con qué entretenerme.
«Ahora más que nunca», pensé con amargura.
—¿Sí? Eso es excelente, porque creo que tengo algo para ti. —Sonrió mientras las ideas parecían acoplarse en su cabeza.
Miré a su espalda, contemplando el majestuoso complejo Highlight Towers. Tenía que estar bromeando conmigo… Más de ese humor de mierda que le caracterizaba. Aquel era un importante centro empresarial, el más importante de Múnich; no podía estar refiriéndose a eso. Si me habían despachado de un concesionario de segunda, no quería ni imaginar el rechazo que me darían en un lugar así.
—Vamos, Ben. No creo que eso vaya a funcionar. Vas a cerrar pocos tratos si yo ando por ahí asustando a tus clientes. ¿O pretender infiltrarme para el otro equipo?
Ben soltó una sonora carcajada y me palmeó el hombro.
—Había olvidado que eras igual de odioso que yo. Pero no me refiero a eso. En realidad estoy empezando mi propio negocio. ¿Recuerdas a Franz?
—Claro, tampoco lo he visto en años.
—Bueno… Él y yo estamos abriendo un bar, y necesitamos a alguien confiable para el equipo de seguridad.
—¿Equipo de seguridad? —pregunté intrigado, mientras aceptaba la tarjeta que me pasaba.
—Sí, es que Franz es administrador, se encargará del local y yo tengo los proveedores. Ya contratamos a un bartender, pero necesitamos a alguien que sepa de protocolos de seguridad y… ya sabes… Neutralizar a tipejos molestos, y asustarlos un poco —dijo y sonrió con malicia. Le devolví el gesto mientras leía la tarjeta.
—Bavarian´s… —pronuncié en voz alta.
—Será el mejor bar de Múnich, ya lo verás. No vas a querer quedarte fuera.
—Pareces muy seguro de ello. —No pude evitar molestarlo un poco.
—Tan seguro como que ya tomaste la decisión —respondió con petulancia—. Debo irme. Tengo una cita importante, pero hablaré con Franz y podemos atenderte mañana en la mañana. ¿Cómo a las diez te viene bien?
Sonreí ante el entusiasmo que mostraba Ben, pero me hubiese mentido a mí mismo al decir que no me intrigó el asunto. En mi cabeza, las palabras de Matthias seguían retumbando, quizás luego de tanta basura que me había lanzado la vida, esta era la oportunidad que finalmente me tocaba.
—De acuerdo. Mañana a las diez estaré allá y escucharé lo que tienes para ofrecerme. —Ben volvió a reír.
—Lo que tienes para ofrecerme… Qué gracioso. Le diré a Franz que vaya buscándote el uniforme —aseguró, sacando su billetera y acercándose a la calle para detener un taxi—. Ya debo irme, Bastian. Nos veremos mañana, y pondremos todo en orden.
Vi como Ben desaparecía en el interior de un auto y este avanzaba calle arriba, mientras yo le daba vueltas a la tarjeta en mi mano. No sabía por qué, pero en ese momento, algo me dijo que asistir a aquella reunión terminaría siendo algo bueno para mi vida, al fin y al cabo… ¿Qué más podía perder?