~* Capítulo 02: Tocado Por Un Ángel *~

3096 Words
~Dos años después~ . Recorrí la estación del metro luego de esquivar a la desesperada anciana que parecía creer que estaba en una competencia conmigo para salir del vagón y demás; y procuré, también, esquivar la marea de personas que había a mi alrededor mientras subía las escaleras. Me coloqué los auriculares porque necesitaba que OneRepublic me ayudara a drenar el mal humor que llevaba a cuestas. Como rara vez ocurría, empecé a maldecir a Franz por hacerme trasladar al bar tan temprano. Y no es que fuese muy temprano en realidad, eran pasadas las diez de la mañana, pero, considerando que había llegado a casa la noche anterior a las tres de la madrugada, era un insulto estar despierto en ese momento. Era jueves, y me encontraba fuera de casa porque él me había solicitado apoyo para la entrevista que le haría a Bárbara Badstuber, chica que estaba optando por un lugar como mesera en el bar, y yo, dominado por aquel estúpido impulso de querer siempre sentirme útil y necesario para el bar, acepté sin rechistar. Bavarian's era un lugar bastante movido, y había adquirido mucha popularidad ese último año. Fue por eso que, teniendo el Oktoberfest respirándonos en la nuca, no me había parecido descabellado que él quisiera incluir a alguien más en la plantilla, pero, tristemente, eso atentaba contra mis horas de descanso. Coreaba en mi cabeza las estrofas de “Love Runs Out” cuando llegué a la salida de la estación; todo iba bien, pero tan pronto como la luz del sol iluminó mi camino… una desagradable escena llamó mi atención. A unos pocos metros de distancia había una chica. Estaba de pie junto a una banqueta, revisando algo que tenía en la mano, pero detrás de ella estaba un hombre… metiendo su mano sigilosamente en su bolso, y vi, consternado, que sacaba un teléfono del interior. Maldije para mis adentros que mi día tuviese que comenzar de esa forma, porque, obviamente, yo no iba a dejar que ese ladronzuelo se saliera con la suya. Apresuré el paso cuando el hombre empezó a alejarse lenta y disimuladamente, confiado en que nadie lo había visto; me interpuse en su camino y cuando quiso esquivarme puse una mano sobre su hombro. —¡Hey! ¿Qué pasa? —Me miró confundido. —El teléfono… Dámelo. —¿Y por qué diablos te daría mi teléfono? —argumentó con enojo, haciéndome perder la poca paciencia que tenía esa mañana. —No pienso repetírtelo, imbécil —gruñí, aplicando más fuerza sobre su hombro cuando quiso liberarse de mi agarre—. Dame el teléfono. —Métete en tus asuntos —ladró él en respuesta, empezando a forcejear conmigo. Lancé mi mano libre hacia él y logré arrebatarle el aparato, pero eso le dio libertad de atinarme un golpe en la cara, y entonces alcancé mi límite. —Ahora sí te mataré. —Le amenacé antes de lanzarle un puñetazo justo en la nariz, esto le hizo tambalearse hacia atrás y caer contra los arbustos que rodeaban la entrada de la estación. —¡Hey! ¡¡Ese es mi teléfono!! —Me giré al escuchar la voz femenina. Vi que la chica a la que intentaba salvar del robo, se acercaba a mí a toda velocidad. Logré ver su expresión enfadada antes de que levantara su mano hacia mí, y entonces… sentí el infierno arder sobre mi rostro. —¡Maldición! ¡¿Qué diablos hiciste?! —Me incliné hacia adelante y cubrí mis ojos con las manos, temblando y gruñendo por el dolor. Me tomó solo dos segundos comprender que me había rociado gas pimienta. Por suerte, solo le había atinado a mi lado derecho; aunque, por desgracia, la cicatriz hacía que los efectos fuesen incluso peor ahí. Mantuve la palma de mi mano fuertemente apretada contra mi mejilla y mi ojo derecho, mientras que, con mucho esfuerzo, lograba abrir un poco el izquierdo al sentir que ella me arrebataba el teléfono de la mano. —¡¿Acaso estás loca?! —¿Loca? ¿Es que acaso debo dejar que me robes? —gritó ella, sacudiendo el teléfono frente a mí. —Yo no te robé… ¡Ese imbécil lo hizo! —Señalé hacia los arbustos, viendo cómo el sujeto se ponía de pie apresurado y emprendía la carrera lejos de nosotros. —¿Y entonces qué hacías tú con mi teléfono? —preguntó en tono más calmado. —Recuperarlo… Eso es obvio. Oí el chasquido de la chica en gesto de arrepentimiento, y luego sentí sus manos sobre mis hombros mientras me guiaba hacia los bancos cercanos a la fuente. —Lo siento —susurró apenada—. Es que te vi con el teléfono y bueno… Mi hermano siempre me ha dicho: “Rocía primero, pregunta después”. —¿Y cómo diablos es que no estás en una celda? ¡No puedes ir por ahí simplemente rociando gas pimienta a cualquiera! —Es que mi hermano es policía. Al oírla, logré alzar la cara para verle morderse el labio; seguía apenada, pero también parecía hacerle gracia el asunto. —¿Te burlas de mí? —No, no… Lo siento —respondió, y entonces sentí sus manos sobre mi rostro—. Déjame ver eso. Hizo presión para que inclinara la cabeza hacia atrás y me obligó a retirar mi mano, cosa que me hizo sentir inseguro, porque, por encima del hecho de tener la piel ardiendo por el spray, estaba el hecho de que mi cicatriz ahora quedaba completamente expuesta a su vista. Me preparé para oír su sobresalto o sus palabras de sorpresa, su voz llena de compasión, pero, en cambio, solo sentí la calidez de su palma sobre mi mejilla. Con dificultad logré abrir el ojo no afectado y mirarla otra vez, seguro de que vería su expresión de lástima, pero lo que encontré fueron unos ojos grandes y azules, los más hermosos que había visto en la vida. La mujer que estaba frente a mí parecía más un ángel que un ser de carne y hueso. Era rubia, de cabello largo y ondeado, piel de porcelana y unos labios delgados en tono rosa, un aspecto común en la ciudad, pero su sonrisa era la más perfecta de toda la creación, no tuve dudas sobre eso. Mi corazón se aceleró en cuestión de segundos mientras una sorpresiva corriente eléctrica empezó a fluir entre los dos. Fue como si el doloroso efecto del gas pimienta hubiese desaparecido, siendo sustituido por aquella sensación de estar flotando despreocupadamente en el agua mientras la brisa acaricia tu piel; verla era como ver el sol, deslumbrante y cálido, mientras su sola existencia te llenaba de vida. No recordaba la última vez que me había sentido así, pero, sin poder evitarlo, le devolví la sonrisa. —¿Cómo te llamas? —preguntó, rompiendo nuestro contacto para buscar algo en su bolso. —Bastian... —A duras penas podía hablar, pero lo que de verdad no podía evitar era apartar la mirada de su rostro, se me hacía imposible, aunque empezaba a sentirme como un jodido acosador. —¿Schweinsteiger, como el futbolista? —preguntó con burla, haciéndome reír. —No, Hoffman. —Bueno, Bastian Hoffman… Yo me llamo Bárbara, y ya verás cómo alivio tu dolor en cuestión de minutos. Vengo preparada. Fruncí el entrecejo mientras ella se ponía algo jabonoso en las manos y tomaba una botella de agua para mojarlas, entendí entonces que pretendía lavarme el rostro, pero no fue eso lo que llamó mi atención, fue su nombre. —No eres Bárbara Badstuber, ¿o sí? —pregunté, aunque en el fondo sabía la respuesta… La vida a veces era una jodida arpía, conmigo al menos. —¿Cómo sabes eso? —Me miró sorprendida, mientras empezaba a frotar su mano sobre mi mejilla. —El mundo es un pañuelo, por lo visto. Yo trabajo en Bavarian's. Iba de camino a abrir el bar para tu entrevista. Ella sonrió alegre al escucharme. —¡Vaya! Una gran coincidencia, ¿no crees? Como sacado de una película; trabajaremos juntos después de que te rocíe gas pimienta en la cara cuando intentabas robarme el teléfono. —Mientras evitaba que te robaran el teléfono. —Claro, claro. Eso lo hace más gracioso aún. —Sonrió—-. Si un día nos enamoramos, sería toda una comedia romántica. —No le veo lo cómico a esto, sinceramente —refunfuñé un poco sorprendido por el tono despreocupado que usó para decir “si un día nos enamoramos", como si no fuese algo descabellado de decir. —Ahora no, pero te apuesto cincuenta euros a que en unos días lo harás. —Mi corazón se disparó una vez más al verla sonreír con seguridad. Era simplemente perfecta. «Y yo soy un jodido monstruo», me dije cuando volví a caer en cuenta de que ella no solo estaba viendo mi cicatriz, sino que la estaba tocando. —No tienes que hacer esto. —Empecé a protestar, seguro de que ella debía estar sintiendo asco. —Shh… Calla y déjame trabajar —ordenó con amabilidad mientras seguía limpiando mi piel. Hacía dos años que nadie me tocaba el rostro, había olvidado cómo se sentía que lo hicieran. Bárbara pasaba sus dedos por mi mejilla haciendo que la vergüenza y la desilusión crecieran en mi interior. En el pasado, toda esa situación hubiese dado pie a un intenso coqueteo de mi parte; el viejo yo jamás hubiese dejado ir a una chica como ella sin que le diera su número de teléfono y aceptara una cena para esa misma noche… Hubiese sido suya en cuestión de una semana. Pero ese Bastian ya no existía. Las palabras de Cassie seguían ardiendo en mi memoria, atormentándome; me había marcado de por vida. Gracias a ella, mujeres como Bárbara ya no eran una posibilidad para mí; ninguna lo era en realidad, y ya me había hecho a la idea, pero justo en ese momento… me sentí mucho más condenado de lo que me había sentido desde que desperté en el hospital. —Ahora te colocamos un poco de esto… y pronto estarás mejor. —¿Qué es eso? —pregunté cuando sentí que me untaba algo frío en el párpado. —Una crema hidratante a base de leche, eso te aliviará. Abrí los ojos de nuevo y nos miramos por unos segundos, que se me hicieron los más intensos y cargados de energía que había experimentado en mi vida. Había algo tan adictivo en sus ojos que, justo como pasó un rato atrás, se me hizo imposible apartar la mirada. Un hombre podía perder la vida contemplando aquellos ojos llenos de alegría. —¿Te han dicho alguna vez que tienes unos ojos muy bonitos? —Esas palabras quedaron colgadas entre nosotros, y sentí como si las hubiesen sacado textualmente de mis pensamientos, pero no… Fueron sus labios los que las pronunciaron. Dejándome perplejo, pero emocionado. —Gracias —susurré—, por todo. Eso fue todo lo que pude decir, embelesado como estaba, casi no podía organizar mis pensamientos, pero fue suficiente para hacerla sonreír una vez más. —Gracias a ti por ser el héroe de mi día. —Una chica con gas pimienta en su bolso y un hermano policía para sacarla de problemas, no necesita un héroe que la salve —respondí, seguro de que hacerla reír sería mi nueva actividad favorita. —Pero aun así… Apareciste tú. —Me dedicó un guiño coqueto, y mi mente trajo la imagen de una flecha, envuelta en llamas, clavándose justo en el centro de mi corazón. El amor a primera vista siempre me había parecido una gran tontería, cosa de ridículos románticos empedernidos, pero en ese momento no tenía otro nombre que ponerle a lo que me estaba pasando. —Entonces… ¿Quieres seguir con nuestra película? Porque aún tengo una entrevista a la que asistir —dijo con una mueca divertida. Solté una risa muda y acepté la mano que me tendía para ponerme de pie, no porque la necesitara, sino porque moría de ganas de tocarla una vez más, y justo como la primera vez, me sentí envuelto en llamas cuando lo hice. —De acuerdo. Vamos. Era obvio que lo nuestro no era una comedia romántica, yo no era ningún apuesto pretendiente que podía ganarse su corazón, al menos ya no. Bárbara había sido amable y educada al controlar su reacción ante la visión de mi cicatriz, pero no por ello debía hacerme falsas ilusiones. Lo que había pasado no había sido más que un agradable soplo de aire fresco en mi estancada vida, pero de ningún modo sería algo más transcendental, no podía permitirme llenarme de ilusiones para luego quedar con el corazón roto… otra vez. —¿Me hablas un poco de Bavarian's? —Pidió ella de pronto y agradecí la oportunidad de desviar mis pensamientos a temas más seguros y menos dolorosos. *** —Espera, espera… ¿En serio nunca has tenido un empleo antes de esto? —pregunté un rato después, ya en la puerta del bar. —No, pero no me mires como si estuviese loca. —Alzó una mano para callarme—. Es culpa de mis padres, me mantuvieron siempre en una burbuja, y cuando Cass empezó a trabajar como detective y vieron todas las cosas terribles que podían pasar, pues… fue incluso peor. —Cass es tu hermano, ¿no? —Sí. Él fue quien me consiguió esta oportunidad. —Aguarda. Tu hermano, el policía que traumó a tus padres, y que dice: “Rocía primero, pregunta después, Bárbara”, ¿te consiguió trabajo en un bar? ¿Estás jugando conmigo? Reí ante lo irónico que resultó aquello. —Pues sí, Cass es amigo del dueño, de Franz, y aparentemente lo de la entrevista es solo una formalidad, pero aun así estoy nerviosa; no quiero arruinarlo. Me sentiré una fracasada si no puedo tener éxito ni siquiera con una entrevista arreglada. Y de algún modo, siento que todos aquí me odiarán y dirán que no lo merezco. Sentí algo de pena con ella, los nervios parecían jugarle una mala pasada en ese momento y, mientras, todo dentro de mí pedía a gritos tocar su rostro e intentar consolarla, pero sabía que de ese deseo, solo podía ir por lo segundo. —¿Quieres que te cuente un secreto? —pregunté y sonreí cuando noté la curiosidad brillar en sus ojos. —Sí. —Lo mío también fue arreglado. —Sus cejas se alzaron y sus ojos se abrieron de par en par, haciéndola lucir incluso más perfecta. —¿En serio? —En serio. Conocía a los dueños, fuimos amigos en la secundaria pero yo estuve un tiempo en el ejército, pero me retiré. Cuando vine a mi entrevista… —Acompañé mis palabras gesticulando las comillas con mis dedos—, ya tenían listo el contrato con mi nombre y toda la cosa. Así que no te preocupes por lo que dirán. En Bavarian's somos una familia. —Eso me gusta —admitió con una sonrisa. La conocía desde hacía menos de una hora, pero amaba hacerla reír. —Y bueno… con Franz solo puedes arruinarlo si llegas tarde, o si rompes las reglas. Tú solo cumple con eso y estarás bien. —Vale, gracias por tus consejos. Es lindo de tu parte luego de lo que te hice. —Sonrió apenada, haciéndome reír en respuesta. —Descuida, y no hay de qué, apuesto que te adaptarás muy rápido. —Hablando de apuestas… —Le vi sonrojarse y eso despertó mi curiosidad. —¿Qué pasa? —Creo que doblaré la mía… Apuesto cien a que esta será una gran película. —Me deslumbró con otra sonrisa y yo quedé pasmado. «¿Está coqueteando conmigo?», me pregunté completamente en shock, pero no tuve oportunidad de decir nada, pues en ese momento, vislumbré una sombra junto a nosotros y me giré para ver a Franz. —Bien día —saludó con su acostumbrado tono afable, pero de pronto sus ojos se abrieron con sorpresa al verme—. Bastian, ¿qué te paso? —Lo rocié con gas pimienta —respondió Bárbara apenada. —¿Que hiciste qué? —Es que creí que me robaba el teléfono. —¿Qué? ¿Robando tu teléfono? ¿Y tú quién eres? —preguntó Franz, visiblemente confundido. —Bárbara Badstuber. —Claro, que tonto soy. Eres idéntica a tu hermano, pero… ¿Alguien me quiere explicar qué diablos pasa? —Siguió evaluando mi rostro. —Es una larga historia, Franz —intervine, poniéndome de pie—. Todo fue un mal entendido y ya me encuentro mejor. Ustedes vayan a lo suyo, no te preocupes. Franz me miró ceñudo, de seguro intrigado por mi actitud tan relajada, algo entendible considerando que mi naturaleza era ser malhumorado. Me avergonzó pensar que pudiera deducir lo que me pasaba con Bárbara. Él también era un sujeto agraciado, las conquistas no eran un problema para él, pero era noble, pensar que me tuviera lástima al saberme atraído ella, sabiendo que nunca conseguiría nada… Detestaba esa idea. Pero si lo hizo, decidió callar; eso me agradaba en mi jefe, era un tipo considerado y prudente, no solía inmiscuirse en los asuntos de los demás. —De acuerdo, si tú lo dices… Entremos, Bárbara. Abrí la puerta del local y luego de yo hacer una rápida inspección, Franz dejó que ella entrara primero, al hacerlo, soltó una exclamación de sorpresa, y se giró admirando todo el salón frente a ella, como una niña en un juguetería. —Qué preciosura de lugar —dijo mientras continuaba con su exploración. Franz la miró extrañado, y yo… incluso más embobado que antes, pero ambos en silencio, hasta que él se acercó a mí para susurrar: —Ben va a matarme por esto, ¿cierto? Solté una carcajada al pensar en el tosco y gruñón de Ben cuando viera a una chica como Bárbara en su negocio. —Es muy probable —respondí, haciéndole reír. Por suerte, ninguno de los dos le temía a Ben, como sí hacían los demás, y estuve seguro de que nos tocaría defender la permanencia de la chica, y solo pude estar seguro de que yo siempre estaría de su lado. Aunque mi interior se sumió en la melancolía al pensar que eso no cambiaría el final de la historia, al final nuestros caminos se cruzarían pero nunca se convertirían en uno.
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