— Bárbara —
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Llegué a casa sin poder quitarme la tonta sonrisa del rostro, la que había tenido por horas. No solo estaba feliz por haber conseguido el empleo, que aunque ya fuese algo seguro, de igual forma la confirmación era satisfactoria; sino que desde que había conocido a aquel hombre tan perfecto mi cuerpo parecía estar teniendo una sobredosis de endorfinas.
—Bastian… —Me mordí el labio, mientras dejaba mi bolso en el perchero y empezaba a quitarme los zapatos. Me gustaba su nombre.
—¿Quién? —Di un respingo al oír la voz de mamá, y me giré a tiempo para verla entrar por el corredor.
—Nada, mami... Hablo sola, como de costumbre. —Arrugué la nariz en gesto infantil.
—Ay, mi niña. —Se acercó y besó mi frente—. Cuéntame... ¿Cómo estuvo tu entrevista?
—Maravillosa. El señor Bauer me dijo que empezaría el sábado. ¡Estoy tan emocionada!
—Pues te felicito, entonces. Me alegro mucho por ti.
—¿Y qué te parece si ese “me alegro mucho por ti”, lo haces sonar menos como un “mis sentidas condolencias”? —pregunté, poniendo los ojos en blanco.
—Lo siento, terroncito —resopló—, pero es que... me prometí que no me iba a entrometer, pero... ¿cómo quieres que me sienta al pensar que vas a trabajar en un bar? ¡Por las noches! ¿No sabes las cosas terribles que pueden pasarte en un lugar así? ¿Por qué no aceptas la oferta de Kristal en la cafetería? Sería mejor.
—Porque mi tía te estaría llamando cada cinco minutos para decirle dónde estoy y qué estoy haciendo. Ya basta de la vigilancia que tienen sobre mí, mamá.
—No te vigilamos, Bárbara. —Se defendió ofendida—. Solo nos preocupamos por ti.
—Nos preocupamos... —Repetí con ironía, mientras me alejaba de ella—. Controlarme. ¡Eso es lo que quieren!
—Claro que no queremos...
—Pero lo que no entiendo es qué es lo que quieren en realidad; porque primero me dan una charla acerca de que yo no sé nada sobre la vida, ni de cómo sobrevivir en el mundo real, y ahora que estoy intentando demostrar que sí sé... ¿Se arrepienten? ¡Esto es de locos!
—Nunca dijimos que no supieras nada de la vida. Solo dijimos que vives en una burbuja, y...
—¡Su burbuja! —exclamé, enfadada —. Ustedes la crearon para mí, ¿recuerdas?, y ahora me tratan como una inútil. Pues bien, ahora tendrán que soportarlo, porque acepté el empleo en Bavarian's y yo pienso retractarme.
«Menos ahora», me dije al recordar a Bastian.
—¿Y si en lugar de la cafetería de Kristal, buscas otro empleo?
—No, el bar me agrada —aseguré—. Además... Fue idea de Cass, y ustedes están de acuerdo con todo lo que dice él, ¿no? Pues confíen en que su hijito pródigo no dejará que la tonta de la familia trabaje en un sitio peligroso.
—Es lo único que me tiene tranquila, para ser honesta —admitió—, pero él no puede controlar a todo el que pisa ese lugar.
—Pero, al menos, tendrán venganza si algo me pasa —respondí, apretando los labios, haciendo que mamá enfureciera.
—No me parece gracioso, jovencita.
—No lo dije a modo de chiste. Cass matará a quien sea que me ponga un dedo encima, y por lo que sé, él confía ciegamente en que Franz Bauer me protegerá también, así que... —Me encogí de hombros, dejando la frase al aire.
—A veces eres demasiado testaruda para tu propio bien —refunfuñó, luego de unos segundos.
—Es culpa tuya, por tener hijos con Peter Badstuber. Pero no veo que eso te moleste cuando es Cass el testarudo. —Le acusé.
—Tu hermano es un hombre, y...
—Y yo soy una mujer, mamá —argumenté—. A estas alturas de la historia, debería darte vergüenza poner a un hombre por delante en tus oraciones. Y considerando que eres nuestra madre, deberías ser más imparcial y tratarnos a ambos por igual. ¿No crees?
—Ustedes son personas totalmente diferentes, Bárbara. Cass ha demostrado...
—¡Yo también lo demostraré! —Agité los brazos al aire, estaba cada vez más enojada—. Pero lo haré a mi modo... Trabajando en dónde yo quiera. Y te recuerdo que ya soy una adulta, y estoy en pleno derecho constitucional de tomar mis propias decisiones, aunque mami y papi no estén de acuerdo. Se acabó su reinado sobre mí.
Fuimos interrumpidos por el timbre y sonreí victoriosa en la cara de mamá cuando tuve que darme la vuelta para ir a atender; haber tenido la última palabra fue un lindo toque a la conversación.
«Hablando del rey de Roma…», pensé al abrir la puerta y encontrar a mi hermano en el pórtico.
Cass fruncía el ceño, y eso no es que fuese inusual, en absoluto. El hombre iba por ahí luciendo como si la vida le molestara, pero en esa ocasión se tocaba los bolsillos del pantalón y la chaqueta con gesto contrariado.
—¿Y tú que te traes? ¿Dónde están tus llaves? —pregunté, alzando una ceja.
—Eso me gustaría saber —resopló y dejó caer sus hombros—, de seguro las dejé en la comisaría.
—Bueno... ¡Como sea! Me alegra que llegaras. —Sonreí y empecé a halar de su chaqueta, haciéndole pasar al salón—. Te tengo una buena noticia y una super mega excelente noticia. ¿Cuál quieres primero?
Frunció el ceño otra vez, y me pregunté, como hacía siempre, si al final del día no terminaban doliéndole los músculos de la frente. Era como si mi hermano solo tuviera tres expresiones: leve ceño fruncido para la confusión; ceño fruncido y ceja arqueada para la intriga; y ceño fruncido con mirada asesina para las reprimendas. A veces quería darle un par de cachetadas a ver si le descubría alguna otra, pero no podía culparlo. Cass trabajaba como detective en el departamento de policía de la ciudad, que, aunque no era la más peligrosa del país, sí que era bastante movida. El pobre había tenido que hacerle frente a cosas muy desagradables.
—¿Alguna de ellas tiene que ver con tu entrevista en Bavarian´s? —preguntó con su típica mirada de “no tengo tiempo para tonterías, Bárbara”.
—Precisamente… —Sonreí entusiasmada cuando le vi relajar los hombros. Él había estado tan ansioso como yo por aquello.
—Vale. Dispara. —Alcé las cejas, esperando la respuesta a lo que había preguntado. Él captó mis intenciones—. La buena primero, y luego la… mega excelente, o lo que sea.
—¡Conseguí el empleo! —Alcé los brazos al aire y empecé a danzar.
—¿Sí? ¡Eso es estupendo, Barb! —exclamó, alzando su mano hacia mí para chocar los cinco.
—¡Lo sé! Me dijeron que comenzaría este fin de semana, para irme adaptando a la movida del bar, para que cuando llegue el Oktoberfest ya esté al nivel de los demás. Me dijo que eso será mi gran prueba.
—Correcto, solo los más aptos sobreviven ilesos al festival. Y yo necesito que estés muy atenta esos días. Un bar es el peor escenario durante esas fechas. ¿Aún tienes tu rociador?
—Síííííí. —Entorné los ojos—. No vayas a empezar, que aún faltan semanas para eso —reproché, sintiéndome un poco culpable por no contarle que me habían intentaron asaltar esa mañana, pero eso lo hubiese puesto peor, así que callé.
—De acuerdo. ¿Y cuándo dices que empiezas?
—El sábado, creo. —Torcí la boca recordando sus palabras—. Me dijo que primero tendría que buscar a alguien que me entrenara. Aquí entre nos… creo que no está del todo convencido, pero por lo visto te debe una muy grande, porque aun así me contrató. —Me encogí de hombros sonriendo, pero Cass puso cara de pocos amigos.
—Franz no me debe nada. Solo es un buen tipo que aceptó hacerme un favor, pese a las circunstancias —respondió con severidad.
—¿De dónde lo conoces, por cierto?
—Del trabajo; pero esa no es una conversación para tener antes de cenar —aseguró, y aunque mi curiosidad se disparó de inmediato, porque Cass no solía ser tan tajante conmigo; decidí dejarlo estar.
—De acuerdo. Como sea… ¡Me contrató! —Sonreí y seguí con mi celebración haciendo un pequeño baile.
—En serio me alegro por ti, Barb. Y de verdad espero que te vaya muy bien, estoy seguro que esto es justo lo que necesitas. —Sonreí, conmovida por sus palabras.
Cass era mi hermano mayor, pero desde que nací él se había encargado de velar por mí mucho más de lo que lo hicieron mamá y papá juntos. Ellos se aseguraron de alimentarme y no permitir que nada me pasara, pero, en cambio, Cass me dedicó todo el tiempo que ellos no tuvieron para mí mientras sus carreras le agobiaban. Todo lo importante que había aprendido de la vida se lo debía a él, a nadie más. Además de mi mejor amigo, era mi héroe.
—Pero… Si esta es solo la buena noticia, ¿qué hay con la otra? —preguntó con curiosidad, y de pronto me recordó la mejor parte de mi día, quizás de toda mi semana.
—¡Ah, sí! ¿Recuerdas que ayer leí el horóscopo en el periódico y decía que cuando decidiera darle un cambio a mi vida encontraría el verdadero amor? —Le vi asentir poniendo los ojos en blanco—. Pues… ¡Lo encontré! ¡Y es un bombón!
—Oh, no, no, no, Bárbara, no. Por favor, dime que no te enamoraste de Franz Bauer. —Se lamentó, llevándose una mano a la cara.
—¡Nada que ver! Franz es un bombón, sí; pero Bastian es un bombón de los que vienen rellenos de crema suiza, cubierto de caramelo y chispitas de…
—¡Ya! Ya, entendí. No sigas —suplicó, sacudiendo su manos frente a mí—, y ahora dime quién diablos es Bastian.
—El jefe de seguridad del bar —respondí en tono risueño.
—¿Jefe de seguridad? ¿Cuántos años tiene? No vas a liarte con un tipo mayor, Bárbara. ¿Me escuchaste?
—No lo sé —decidí ignorar su arbitrariedad y continué—, pero es el hombre de mis sueños, Cass.
—¿El hombre de tus sueños? No digas tonterías, Bárbara, que lo acabas de conocer.
—Lo sé, pero lo es, te juro que lo es. Lo siento dentro de mí… Me voy a casar con ese hombre.
—Maldita sea, Bárbara —respondió él entre enfadado y divertido—. Te envié a buscar empleo, no prospectos para marido.
—Lo sé, pero regresé con ambas, ¿no te parece que fue una jornada fructífera? —Le sostuve la mirada un buen rato hasta que finalmente resopló con aire de derrota.
—De acuerdo. Dame su nombre completo —demandó, tomando su bolígrafo y sacándose una pequeña libreta del bolsillo de la chaqueta.
—No lo sé —mentí, pero supe de inmediato que no serviría de nada.
—No juegues conmigo, no soy estúpido. Tú no conocerías al hombre de tus sueños, sin haber indagado por lo menos su nombre.
—Obvio que no, pero resulta que el muchacho es un poco huraño, no habló mucho. Solo sé su apellido y que estuvo en el ejército, pero no te voy a decir nada para que vayas por ahí como un acosador metiendo las narices en su vida.
—No soy ningún acosador, solo soy un hermano mayor que, a diferencia de otros, tiene los recursos para asegurarse de que su hermana, la señorita “Conocí al hombre de mis sueños, pero no sé absolutamente nada sobre él”, no termine enredándose con un sociópata o algo peor.
A medida que hablaba se había ido inclinando sobre mí y para cuando terminó tenía su rostro a pocos centímetros del mío, amedrentándome con la mirada, y aunque me hubiese gustado negarme… no podía; precisamente porque Cass siempre había sido abierto conmigo sobre su trabajo, era que sabía las terribles cosas que podían pasarle a una mujer, así que con resignación resoplé y dejé caer mis hombros.
—Bastian Hoffman, trabaja en Bavarian´s y estuvo en el ejército. Es todo lo que sé.
—Es todo lo que necesito —respondió anotando la información en su libreta—. No quiero que te le acerques demasiado hasta que yo te diga que es seguro, ¿fui suficientemente claro?
—Sí, entendí —accedí a regañadientes.
Satisfecho, Cass se dio la vuelta y se perdió en el interior de la cocina, cuando le escuché hablar con mamá me sentí en libertad de sonreír de nuevo... Pensando en Bastian, por supuesto.
No podía sacarlo de mi cabeza. Era, por mucho, el hombre más sexi que había conocido en mi vida. Había algo en él que me atraía como las flores a las abejas. Era como si todo su ser gritara “soy un tipo rudo”, pero luego esa sonrisa, por muy discreta que fuese, me decía que había mucho más por descubrir.
Me dejé caer sobre el sofá, mordiéndome el labio al pensar en su boca. Aquello me había sorprendido, yo no solía tener pensamientos acalorados con completos desconocidos, mi atracción siempre nacía del sentimiento, pero a él con tan solo verlo empecé a pensar en besarlo, y cuando oí su voz todo dentro de mí se sacudió. Había quedado flechada al instante y moría por saber más sobre él.
La cicatriz que tenía en la mejilla me intrigada. Solo se me ocurrió que había tenido algún accidente de tránsito, y entonces fui sorprendida por la oleada de preocupación y tristeza que sentí al pensar en él herido de esa forma... Decir que estaba flechada era quedarme corta.
Lo bueno era que pronto podría conocerle mejor, y me pregunté si él había sentido lo mismo al conocerme, si lo nuestro sería así de perfecto. Pero lo que más me intrigaba era cuánto tiempo me tomaría poder besarlo, era una completa locura, pero sentía que lo necesitaba, era la primera vez que me pasaba algo así.
—Ya quiero que sea sábado —susurré, mirando por la ventana, esperando que el viernes empezara y acabará pronto, para poder verlo una vez más.
***
Por fortuna, las estrellas parecieron alinearse a mi favor, porque el viernes por la tarde, mientras paseaba por el centro comercial, esperando a Hendrick, mi mejor amigo, para ir al cine; mi teléfono empezó a sonar.
—¿Bueno? —Atendí, desconociendo el número.
—¿Bárbara? ¿Cómo estás? Soy Franz... De Bavarian's. ¿Estás muy liada justo ahora? —Detuve mis pasos al instante, expectante por el motivo de la llamada.
—¡Franz! ¿Cómo estás? No, para nada. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
—Sé que te dije el sábado, pero... ¿Crees que puedas empezar hoy mismo? —Al oírlo, mi corazón empezó a acelerarse.
—¡Por supuesto! —respondí emocionada—. Pero... ¿Ocurrió algo?
—No, no. Es solo que lo pensé mejor, y sería bueno que iniciaras hoy, porque mañana será un día mucho más ajetreado. Y además... —Se aclaró la garganta antes de continuar— Encontré a la persona perfecta para entrenarte, pero debe ser hoy.
—Maravilloso entonces. ¿A qué hora debo estar ahí?
—Bueno... Ya nosotros estamos aquí; casi todos, al menos —respondió en un resoplido—, pero comprendo que es apresurado. Si crees que no puedes llegar antes de las seis...
—No, no… descuida, estoy en el centro comercial. —Giré sobre mis talones y empecé a caminar hacia la salida—. Tomaré un taxi. En veinte minutos estaré ahí.
—Perfecto... Te esperamos. Muchas gracias por tu buena disposición.
Corté la llamada y me empecé a escribir un mensaje de texto para Hendricks, cancelar nuestras salidas estaba casi prohibido, pero sabía que él me entendería. Mientras llegaba a la parada de taxis, una ráfaga de viento sopló y levantó mi blusa, me arrepentí de haber decidido usar una prenda tan corta precisamente ese día, pero al menos me vería fantástica cuando volviera a ver a Bastian, que, francamente, era lo que más emoción me causaba.
«Quizás mi conquista inicie hoy», pensé mientras me subía al taxi.