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1085 Words
Es jueves y las ventas de ropa íntima están algo flojas. Eliana y yo nos miramos con cara de aburrimiento mientras esperamos que las horas pasen. Se supone que tenemos que estar vagando como almas en pena por los pasillos, vigilando a la poca clientela, pero como no hay personas viendo nada de momento, nos acercamos con sigilo para chismosear. —Nada que tu primo me escribe —suelta ella haciendo un gesto melodramático —le ha dado me gusta a mis fotos en i********:, pero nada que comenta. Suspiro. —Dale tiempo, mientras más difícil es el premio, mayor es el esfuerzo —canturreo. Mi amiga hace un chasquido y se pone a tomar entre sus dedos distintas prendas. —Me dijiste que el domingo irás a limpiarle el departamento ¿No? —asiento ilusionada con la idea de que ella quiera ayudarme. —¿Le hablarás bien de mí? —¿Y por qué no vienes conmigo? Quizá si él te ve limpiando… —Nah, el domingo tengo un compromiso. Tampoco es que le dedicaré toda mi atención a Andrés. Ruedo los ojos. Una pareja ingresa en el establecimiento, Eliana y yo nos enderezamos ante clientes potenciales, ambas queremos ganarnos la comisión. Sin embargo, cuando veo el rostro del hombre, me quedo estática, se trata de nada más y nada menos que de Carlo. Lleva de la mano a una mujer rubia delgada y bastante alta. La misma, lleva un vestido blanco ceñido al cuerpo y su cabello está debidamente recogido. Ambos lucen impecables, como si hubiesen sido sacados de una revista de moda y en mi mente se cruza el pensamiento «¿Qué hacen aquí?» Es decir, no parecen la clase de personas que irían a una tienda de ropa interior barata. Por las vestimentas que llevan parece que solo compran ropa de marca y en tiendas lujosas. ¿Entonces…? Eliana casi corre hasta a ellos y los llena de preguntas como: ¿Qué desean? ¿Cómo puedo ayudarles? ¿Necesitan ayuda? Sus comisiones siempre son más altas que las mías, cuando se trata de vender, ella es una víbora voraz. Sin dejar de lado que tiene aquel cuerpo voluptuoso y esa mirada coqueta que cautivan a cualquiera. Sobre todo, a los hombres. La mujer rubia, sigue sumisa a mi amiga por uno de los pasillos y es cuando me percato de que quedo frente a frente de Carlo. Él me observa un tanto extrañado y parece estar pensando algo como “¿De dónde la conozco?”. Siento la mirada de mi jefe en la espalda, así que tras tomar aire pregunto: —¿Puedo ayudarle? Él asiente y sonríe de una forma que hace que se me ericen los vellos. —Solo estoy acompañando a mi esposa —señala haciendo énfasis en la palabra esposa —pero me alegra verte —añade en un tono más bajo —me quedé esperando noticias tuyas. Detallo como el hombre se pone a ver panties femeninas y me coloco a su lado de forma disimulada. —Me pareció algo extraña su tarjeta —confieso sin atreverme a mirarlo —solo estaba su nombre y… —Mi teléfono, lo cual supuse que sería suficiente —me corta haciendo una mueca —Te quería preguntar… Dejé algo por equivocación en el hotel esa noche —explica en voz baja —400 dólares para ser exactos. ¿De casualidad los tendrás contigo ahora? «Oh mierda» es todo lo que grita mi cabeza. Muevo mis pies de un lado a otro inquieta rogando que aparezca la susodicha esposa, pero nada. Carlo dedica su atención de nuevo a las panties, mientras que yo soy un remolino de indecisión en mi interior. Solo se me ocurre, hacer como que no escuché nada. —¿Le gusta esa tanga roja? —inquiero en voz alta —solo tiene que decirme la talla de su esposa para buscar la indicada, pero si no la sabe, puedo buscarla para preguntarle. —añado colocando mi mejor sonrisa. —Voy por ella aho… Él toma mi brazo. Busco a mi jefe con la mirada, pero el área de la caja está vacía. «Seguro fue el baño». Con su otra mano me extiende una nueva tarjeta y me dice: —Llámame, en caso de que hayas gastado el dinero, siempre hay un modo con el cual puedes pagarme. El canoso acaricia mi muñeca, pero al final me suelta cuando su mujer y mi amiga vienen en nuestra dirección. Parece que la rubia compró una docena de sostenes. —Son para la mujer de servicio —comenta mirándome con desdén como si yo le estuviese pidiendo explicaciones. —Ve al auto —le pide Carlo —pagaré esto y nos vamos. La rubia se dirige con elegancia hasta la salida y antes de abandonar el sitio dice: —No tardes, esta zona es peligrosa. Ruedo los ojos. ¿Quién le manda a la pareja de riquillos a venir hasta aquí? Como mi jefe sigue en el baño, debo facturar los artículos del canoso. El tipo de ojos grises, en los cuales no había reparado hasta hoy, paga con una tarjeta de crédito y se marcha como si no me conociera. Sin embargo, aún siento el calor de su mano en mi muñeca. Además, cuando bajo la vista observo la misma tarjeta de presentación negra que me dejó en el hotel, solo se lee su nombre y su número de teléfono. «¿Qué hacían ellos aquí?», vuelvo a preguntarme sin encontrar una razón que me sonase verdadera. —Vaya, vaya —suelta Eliana al ver el trozo de cartulina —pero si tenemos aquí a una suertuda. —No es lo que parece —replico con desgana —solo es el tipo de los 400. Mi amiga abre los ojos con sorpresa y se acerca a mí para hablar entre susurros. —¿Crees que vino a buscarte? —inquiere. —A cobrarme —respondo bufando —resulta que al parecer olvidó los 400 dólares. —¿Qué? ¿Me estás jodiendo no? —niego —¿Y cómo llegó hasta aquí? ¿Le dijiste donde trabajabas o algo? —niego de nuevo y en sus facciones la preocupación se hace presente. —¿Con quién te metiste Sara? Y lo mismo me pregunto yo cuando tomo aquella tarjeta entre mis manos. ¿Con quién demonios me metí? ¿Y de dónde se supone que sacaré dinero para pagarle a aquel tipo?  ¡Diablos!        
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