El domingo desperté en aquel lujoso. Para mi sorpresa, me llevaron desayuno a la habitación y me sentí como toda una princesa. Observé la tarjeta de presentación de Carlo en la cual solo aparecía su nombre y su número de teléfono. No tenía nada más, ni apellido, ni el nombre de la empresa donde trabajaba, nada. Resultaba bastante curioso, el color de la misma era n***o, mientras que la tipografía era cursiva y con de color dorado brillante.
Con algo de desconfianza, eché aquel rectángulo de una fina cartulina en la basura y tomé el dinero tras contarlo. El hombre canoso me había dejado $ 400 dólares en billetes de $50. ¿Pensaba que era prostituta acaso? La molestia me duró poco, porque a mal que bien, necesitaba aquel dinero. Además, la noche anterior ya había llorado por lo mismo así que de cierto modo, aquella mañana me sentía fresca.
Al saber que contaba con aquel dinero, me di el lujo de tomar un taxi que me llevara hasta mi casa. En el camino, le escribí a Eliana avisándole que le iba a decir a mi mamá que me había quedado con ella. La susodicha se limitó a responderme con un Emoji y una simple oración “tenemos que hablar”. Solté un resoplido. ¿Quería echarme en cara su momento de placer con mi primo?
-----------*
Tras todo lo acontecido, me encuentro en el sillón de mi casa. Los domingos, mi mamá acostumbra a ir hasta la casa de mis tíos para poner en orden todo lo referente a la tienda. A veces siento que su hermano la explota laboralmente. No digo nada, porque la paga es buena y porque cuando ella se ha enfermado, le ha permitido ausentarse, pero eso no quita el hecho de que técnicamente no tiene ningún día de descanso.
Por lo general, este día veo una película con Andrés. De cierto modo se nos hizo costumbre. Él trae unas cuantas cervezas y nos sentamos frente al televisor para disfrutar de algún largometraje. Por eso, no me sorprende cuando escucho el sonido de la puerta y me levanto de un salto para abrirle.
Llevo puesto un short de algodón bastante corto y una camisa de tirantes azul celeste. No llevo brasier, odio usar sostén en casa y mi primo ya está acostumbrado a verme de este modo, así que mostrar tanta piel no representa problema alguno. Pero hoy, por alguna razón, me siento excitada por el hecho de que él pueda mirarme.
Lo estuve pensando mientras tenía sexo con el tal Carlo. De cierto modo, ya alcancé un límite. Quizá ya llegué al punto en el que mantener relaciones sexuales por despecho ha llegado a su fin. Disfruto del sexo, sí, pero no con la persona con la que quiero estar. No lo sé, supongo que hay dos opciones, enseriarme con alguien más o cogerme a Andrés. Y sí, suena horrible, pero si se trata de un simple calentón, de una necesidad contenida, probablemente se disipe una vez que me acueste con él.
Y así, la idea de querer llevármelo a la cama se cruza por mi cabeza una y otra vez sin siquiera detenerse. Y esa misma idea, sigue repitiéndose cuando abro la puerta y lo veo. Para mí no hay nadie más guapo que él, usa el cabello bastante corto, tipo rapado, tiene una barba tipo candado abierto que lo hace ver súper sensual.
Sus ojos son de un castaño oscuro, pero a veces, tienden a verse un poco más claros, tipo marrones. Tiene un aura tan amigable, pero a la vez tan inalcanzable, tan cercano, pero a la vez tan lejano. Más allá de su rostro bien delineado y su sentido de la moda de chico malo, creo que lo que más me gusta de él es su cuerpo.
Tiene un abdomen que realmente es de infarto. Unos brazos gruesos, pero no tanto como para parecer entrenador de gimnasio. Solo unos brazos bien trabajados y con forma. Sus labios son gruesos y rojizos. Desde el codo hasta la muñeca, lleva un tatuaje que, desde su punto de vista, es una obra de arte. Para mí, Andrés es perfecto.
—Hola abejita —me saluda él con cariño logrando que deje de evaluarlo, mejor dicho, comérmelo con los ojos. Desde los nueve años mi primo me dice así a modo de burla. Recuerdo que en aquel entonces, fuimos de paseo por un fin de semana al campo y cuando ambos jugábamos correando en una zona boscosa, una abeja me picó en el brazo, muy cerca de la axila. Lloré por el resto del día a causa del dolor, y sí, era bastante exagerada.
—Hola —respondo haciéndome a un lado para que entre. Mi primo me besa la cabeza e ingresa con su modo de caminar desenfadado. Lo sigo con curiosidad y veo como se echa en el mueble sin pensárselo mucho.
—¿Qué veremos hoy? —inquiere estirando su brazo para tenderme una bolsa en la que lleva varias latas de cerveza y dos bolsas medianas de Doritos.
—No lo sé —digo tomando aquello y poniéndolo en el mesón que separa la sala de la cocina. —Escoge lo que quieras.
Sigo nuestra rutina, saco un par de vasos y les pongo hielo. Luego echo en cada uno la bebida. Tras eso, tomo un envase grande y abro la primera bolsa de Doritos para colocarlos en el mismo. Le llevo primero su cerveza a Andrés, luego tomo el recipiente y mi bebida para sentarme a su lado. Nuestras piernas se rozan y la cercanía hace que mi corazón se acelere.
—¿Comedia? —pregunta. Pero no lo estoy escuchando, mi mente está lejos de ahí. Lo imagino colocando su mano sobre mi pierna y subiéndola hasta llegar al borde de mi short. Tomo aire con fuerza y trato de calmarme. No es la primera vez que hemos estado solos en casa. —¿Estás molesta?
Frunzo el ceño y me giro en su dirección.
—¿Debería?
—Si estás molesta porque no te llevé a casa, apenas terminé de bailar, te busqué, pero no te vi por ningún lado. Te envié varios mensajes, ¿No los viste?
Niego. En realidad, sí los había visto, pero decidí ignorarlos.
—¿Cómo te fue con Eliana? —inquiero arrodillándome en el sillón para estar frente a él sin tener que girar la cabeza. Me inclino un poco hacía adelante cuando él trata de desviar el rostro. —¿Qué hiciste Andrés? —pregunto tomándolo por la barbilla. —Te advertí que no te metieras con mis amigas —reclamo sin sentirme molesta del todo. Es decir, sí estoy molesta, pero a la vez sabía que se trataba de algo que en cualquier momento podía pasar.
—No tengo que darte explicaciones Sara —se limita a decir tomándome por la muñeca.
Retrocedo confundida.
—Si siempre me cuentas todo…
—Sí, pero que no sea de caballeros hablar de mi prima sobre su amiga.
Bufo.
—Ambos sabemos que no eres un caballero.
Mi primo, quien no había soltado mi muñeca, me jala hacía él. No puedo evitar caer sobre este y nuestros rostros, quedan muy muy cerca.
—Repite lo que dijiste —me reta dedicándome una mirada que nunca me había dedicado antes.