El pecado 8

1951 Words

Sin embargo, mientras ella hablaba, no pude evitar fijarme en su belleza física. Había algo en su piel, una normalidad de porcelana tan pulcra y perfecta, que me resultaba fascinante. Era una belleza sin sombras, el reflejo de una vida que yo anhelaba recuperar. Observaba el movimiento de sus labios y la luz en su cabello rubio, sintiendo una mezcla de admiración y una extraña envidia por esa libertad con la que habitaba su propio cuerpo. Fue una tarde de luz, la primera de muchas, donde la calidez de su compañía empezó a derretir, muy lentamente, el hielo de mi soledad. Seguimos charlando de cosas triviales, pero poco a poco la conversación se volvió más íntima. —Sabes, Amanda… —dijo ella bajando la voz, con un leve rubor en las mejillas—. Soy un poco voyeur. Me excita que me miren. Hac

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