Mi Noah se ha entregado al culto físico con una devoción religiosa. Lo veo correr al alba junto al río, una silueta de bronce contra la bruma, y lo veo regresar con la piel encendida por el esfuerzo. En nuestra pequeña casa, su presencia es una invasión sensorial. Sus hombros se han ensanchado hasta casi rozar los marcos de las puertas, y sus brazos, definidos por el baloncesto y el ejercicio constante, son una promesa de fuerza que me hace temblar. No puedo ocultarlo más, ni siquiera bajo el manto de la oración: me atrae. Es una atracción que me devora las entrañas, una sed que me avergüenza hasta el tuétano de mis huesos. Hay noches en que la casa se vuelve una celda de vapor y lujuria. Lo escucho salir de la ducha y, a través de la puerta entreabierta de mi habitación, lo veo cruzar el

