El timbre suena un segundo después de que mi padre se acercara. «Salvado por el timbre…», gruñe, luego sonríe y se dirige a la puerta. «Siéntate. Relájate. Voy a buscar la comida», ordena, y se apresura a entrar para hacerlo. Su voz llega hasta el patio, pero lo que dice se pierde entre el rugido del océano y el viento frío que aúlla en el porche. Me hundo en el asiento acolchado de la silla de hierro y miro a mi alrededor, mis ojos se desvían automáticamente hacia el precioso verde azulado del mar que ruge y se calma tan cerca. Siempre me ha encantado la playa, pero el alcohol de mi madre y el sol nunca se llevaban bien, así que casi nunca íbamos. Me encanta el olor del aire, la fuerza de las olas al chocar contra la orilla, la frescura de la marea alta al empujar y tirar del agua, así c

