—Bueno, se lo prometí a mi papá —dijo Rebecca en voz baja, casi sonando un poco apenada mientras terminaba el resto de su almuerzo ligero. —Ayyy, no eres la niña más dulce de papá —bromeó Janie, su arrullo inocente completamente socavado cuando procedió a meterse el último trozo de plátano en la boca de una manera que probablemente le valdría una sentencia de quince años de prisión en Arabia Saudita. Rebecca sonrió pero no respondió. Terminado su almuerzo, ambas se levantaron y se dirigieron hacia la salida. —¿Cómo logró domarte tan bien en un día? —preguntó Janie, curiosa—. No, espera, no me digas, lo adivinaré. Por favor, no lo hagas, pensó Rebecca, pero, como siempre, su amiga parecía capaz de leer su mente, usando su infalible habilidad para hacer exactamente lo contrario de lo qu

