Darle una paliza al profesor no ha servido de casi nada para calmar la tormenta que se me instaló en el pecho en cuanto abrí aquella puerta. Ver a otro hombre tocando a Amy de esa manera… me dan ganas de destrozar algo. Hacerlo pedazos y prenderle fuego después. Nadie la toca así. Ni siquiera yo. No me refiero a un tirón juguetón de pelo o a un buen polvo por detrás. Ese maldito hijo de puta quería hacerle daño y humillarla. Claro que yo se lo he devuelto con creces. Y si Curry se sale un milímetro de la raya, lo quemo vivo. Pero ahora tengo que lidiar con mi mujer rebelde, y no estoy nada contento. La he llamado esposa ahí dentro. Lo dije para asustar todavía más a Curry. Los hombres entendemos una regla universal: no te metes con una mujer que ya ha sido reclamada del todo por otro.

