Tiene este sentido del deber ridículo. Nunca conocí a alguien tan preocupado por no recibir de más, aun teniendo tan poco, y eso hace que sea tan fácil dar. Puedo ser tacaño, pero no con ella. Nunca con ella. Suelto uno de sus pechos y deslizo la mano por su vientre, entrando en su tanga, mi dedo medio deslizándose entre sus pliegues. —Me das más que suficiente. —No te doy nada —susurra. La beso entonces, su boca suave bajo la mía. Una mano juega con su pezón; la otra acaricia su coño, mi dedo trazando círculos sobre su clítoris. Sus caderas se mueven, buscando más, frotándose contra mi palma. No sé cómo explicarle que no necesito que me dé nada más que permiso para mantenerla cerca. Mi trabajo es darle. Cuidarla. Y el suyo… Supongo que ahí está el problema. No debe creer que e

