Voy a matar a mi hermano. Bueno, quizá no vaya a asesinarlo realmente, pero estoy seriamente tentado. Amy tiembla contra mi espalda, los gritos que soltó me helaron la sangre. La sensación de que es mía para protegerla ha estado creciendo desde hace tiempo, convirtiéndose en una fuerza casi imparable. Ningún hombre va a tocarla otra vez. Y David va a rendirme cuentas. —¿Explicar? —dice David, rascándose la barbilla—. Empezaré por el hecho de que creé una tarjeta de presentación gigante que dejó a Mancini con espuma en la boca por querer acabar conmigo. Todos esos incidentes en los casinos, el último siendo con los italianos. David sabía que los sicarios italianos lo estarían esperando. —Continúa. Pero David niega con la cabeza. —Tú primero. —¿Yo primero qué? —pregunto, llevan

