Jimena González salió del Club El Faro con la oferta de Valeria Ortiz zumbándole en la cabeza: "Sé dónde golpeará Diego. Puedo detenerlo, pero necesito que me cubras". El aire de la medianoche era frío, y las calles estaban vacías, pero sentía ojos sobre ella, un eco del mensaje anónimo que no podía sacudirse. Subió al auto, el papel de Valeria en su bolso junto a la carpeta de pruebas, y condujo a casa con el corazón latiéndole fuerte. Sofía estaba despierta cuando llegó, sentada en la sala con una taza de té y una mirada que cortaba. —¿Dónde estabas? —preguntó, levantándose—. Dejas una nota y desapareces. ¿Qué pasa, Jime? —Tuve que salir —respondió ella, dejando el bolso en la mesa—. Algo del trabajo. No quería despertarte. —No me trates como niña —replicó Sofía, cruzando los brazos

