Jimena González dejó el teléfono sobre la mesa, el mensaje anónimo —"Buen movimiento. Pero Diego no olvida. Cuida tu espalda"— todavía brillando en la pantalla. La junta de socios había sido una victoria parcial, un golpe que había tambaleado a Diego Ramírez, pero el aire en su apartamento se sentía más denso, como si la tormenta apenas estuviera tomando forma. Sofía estaba en la cocina, preparando café, y el sonido de la cafetera era lo único que rompía el silencio. —¿Qué pasa? —preguntó Sofía, girándose con una taza en la mano—. Tienes esa cara otra vez. —Nada nuevo —respondió Jimena, forzando una sonrisa—. Solo trabajo. —No me trates como idiota —replicó Sofía, dejando la taza frente a ella—. Si ganaste algo hoy, ¿por qué pareces asustada? Jimena dudó, el peso del mensaje apretándol

