Jimena González despertó en su apartamento con el mensaje de Álvaro todavía brillando en la pantalla de su teléfono: "No me dejes caer tampoco. Te necesito." Había pasado la noche atrapada en el eco de Londres —su confesión en el pasillo, el latido de su corazón bajo su palma, el borde del abismo temblando bajo sus pies— y el calor de su cuerpo seguía quemándole la piel, un fuego que no podía apagar. Afuera, la ciudad estaba en calma, el amanecer roto por un cielo gris que reflejaba el caos dentro de ella, pero el día traía más que recuerdos: Victor Lang no había terminado, y el poder que habían ganado en Europa pendía de un hilo. Sofía bajó a las ocho, su chaqueta de cuero crujiendo mientras tomaba una taza del armario, sus ojos deteniéndose en Jimena con una mezcla de curiosidad y desaf

