La mañana después de la gala, el penthouse estaba envuelto en un silencio que parecía esperar ser roto. Lara despertó con el sol colándose por las cortinas, el recuerdo de la noche anterior —el baile, la declaración, la mirada de Vanessa— todavía fresco en su mente. El comunicado había sido enviado a medianoche, y aunque no había revisado su teléfono, sabía que el mundo ya estaría diseccionándolo. Se levantó, se puso una sudadera y bajó a la cocina, necesitando café antes de enfrentar lo que venía. Ian ya estaba ahí, sentado en la isla con un portátil abierto y una taza humeante frente a él. Llevaba una camiseta gris y jeans, el pelo desordenado, pero su cara era una máscara de concentración. Levantó la vista cuando entró, y por un segundo, una sonrisa suavizó sus facciones. —Buenos días

