El lago reflejaba el amanecer como un espejo roto, destellos dorados danzando en la superficie mientras la cabaña crujía bajo un viento suave. Jimena González estaba en el porche, una taza de café humeando en sus manos, el aire fresco rozándole la piel tras un año sin amenazas, sin enemigos. Habían vuelto a este refugio después de Catania, un lugar que olía a madera y recuerdos, donde el eco de Salazar se había silenciado por fin. Álvaro Ramírez salió de la cabaña, su camisa desabrochada dejando ver cicatrices que ya no dolían, y se apoyó en la baranda a su lado, mirando el agua sin hablar. —Un año —dijo ella, rompiendo el silencio, su voz baja pero clara—. No pensé que la paz duraría tanto. Él giró la cabeza, sus ojos oscuros encontrándola con esa intensidad que nunca se apagaba. —No

