El penthouse estaba bañado por la luz de la mañana cuando Lara salió de su cuarto, todavía en pijama: una camiseta ancha y unos shorts que había usado hasta el cansancio. El café de ayer había sido un breve respiro, pero hoy el aire entre ella e Ian volvía a sentirse cargado, como si cada palabra fuera una chispa esperando encender algo. Se dirigió a la cocina, decidida a ignorarlo, pero él ya estaba ahí, de pie junto a la isla, con un traje gris que parecía gritar autoridad. —Buenos días —dijo ella, más por romper el silencio que por ganas. —Día —respondió Ian, sin apartar la vista de su teléfono—. A las diez viene alguien. Prepárate. Lara frunció el ceño mientras sacaba una taza del armario. —¿Alguien? ¿Quién? —Una experta en etiqueta —dijo él, dejando el teléfono sobre la encimera—.

