La noche del evento llegó con un cielo despejado y una brisa que apenas aliviaba el calor de abril. Lara estaba frente al espejo de su cuarto en el penthouse, ajustando el vestido que Claudia había elegido: un diseño dorado que caía como líquido sobre su cuerpo, con un corte en la pierna que dejaba poco a la imaginación. Los tacones a juego, esos que había amenazado con tirar por la ventana, le daban una altura que aún no dominaba del todo. Se sentía como una extraña, pero el reflejo le devolvía una imagen que no podía ignorar: elegante, segura, alguien que encajaba en el mundo de Ian. Al menos en apariencia. Bajó a la sala, donde Ian la esperaba junto a la puerta. Llevaba un traje azul medianoche, el corte tan perfecto que parecía una segunda piel. Cuando la vio, sus ojos se detuvieron u

