El avión despegó de París a las seis de la mañana, el rugido de los motores llenando el aire mientras Álvaro Ramírez miraba por la ventana, las luces de la ciudad desvaneciéndose bajo un amanecer frío. A su lado, Jimena revisaba un mapa de Hamburgo en su tablet, sus dedos moviéndose rápido sobre la pantalla, pero su pierna rozaba la suya bajo la bandeja, un eco del callejón parisino que aún le quemaba la piel. Habían atrapado a Pierre Dubois, arrancándole la confesión de un golpe planeado por Klaus Berger para ese día, pero el almacén saqueado en Lyon y la voz frágil de Carlos —"Hamburgo está en juego"— pesaban como un latido roto en su pecho. El poder que habían ganado estaba en peligro, y el amor que los unía temblaba bajo la presión. —¿Estás bien? —preguntó ella, girando hacia él, su v

