El auto se detuvo frente al hotel a las siete en punto. Lara miró por la ventana, el corazón latiéndole como un tambor. El edificio era una mole de lujo: columnas blancas, luces que destellaban como joyas, una alfombra roja que subía por las escaleras hasta la entrada. Afuera, fotógrafos y curiosos se amontonaban detrás de unas cintas negras, esperando a los peces gordos que llegaban en limusinas relucientes. Ella nunca había estado en un lugar así, y ahora estaba a punto de entrar del brazo de Ian Reymond, el hombre que la había arrastrado a este circo. Bajó del auto con cuidado, el vestido n***o ajustándose a sus piernas como una caricia incómoda. Claudia había insistido en ese modelo: escote profundo, corte hasta el muslo, tacones que la hacían tambalearse con cada paso. Se sentía como

