"Además, conocí al chico de mis sueños", solté, y ella rió. "¿De qué hablas?", preguntó curiosa. Le narré lo sucedido con el chico y ella suspiró. "Bueno, los latinoamericanos somos graciosos".
"Tenía razón", suspiré, recordando su voz y sus ojos grabados en mi mente. Al día siguiente, después de haber dormido ocho horas, nos levantaron y nos llevaron a un comedor con una enorme mesa llena de alimentos, mayormente proteicos y sin grasas perjudiciales. Opté por algunas frutas y noté a un grupo de chicas riéndose y mirándome de vez en cuando. Bajé la cabeza, entristecida al darme cuenta de la actitud de algunas personas.
"No les hagas caso", comentó Camila, dándome palmaditas en la espalda.
"Son envidiosas", murmuró Mariel. Suspiré encogiéndome de hombros. Pronto perdí el apetito y dejé el plato sobre la mesa, lo que desencadenó más risas.
"¿Tienen algún problema?", exclamó enojada Mariel, poniéndose de pie.
"No, ¿acaso sientes que te estamos mirando?", preguntó una de ellas entre risas. Ante la situación, tomé a Mariel del brazo.
"Mejor vamonos", sugerí molesta. Suspiró, se sentó a nuestro lado y formamos un pequeño grupo de tres, pero al menos no eran groseras como el grupo del fondo. Comencé a pensar que quizás no había sido la mejor idea venir aquí.
Cuando llegó el asesor con un traje amarillo y una enorme flor en el bolsillo, sonrió.
Con una enorme sonrisa, dijo: "Bueno, como ya han desayunado, vamos a preparar los juegos con la idea de que puedan conocerse. A la tarde, comenzarán las clases, no se preocupen, no es nada tedioso". Nos puso de pie y noté que aún tenía hambre, pero decidí ignorarla para ver si podía aguantar un poco más.
Pronto atravesamos el lugar para llegar a un enorme salón. Observé cada rincón con curiosidad, preocupada por el día que tendría que participar y si me tocaba con un grupo desagradable. El hombre explicó los juegos; teníamos que dividirnos en grupos para jugar adivinanzas, entre otros. Afortunadamente, jugué batalla naval con Mariel. Camila quedó en el grupo cercano.
"Siempre nos tocan juntos", comentó María divertida y reímos. Fue un día divertido, hablamos, nos conocimos y después de terminar de jugar, nos mezclamos con otras chicas. Todos fueron amables, lo que me hizo sentir en parte bienvenida. Estábamos agotadas cuando finalmente fuimos a la cama y me quedé dormida enseguida.
Al día siguiente, mi estómago protestaba. Al abrir los ojos, vi un plato grande de frutas y algunas galletitas. "Para ti. Sé que te dormiste con hambre y no entiendo la necesidad", murmuró Mariel. Suspiré agradecida.
"Eres muy amable", dije. "No tienes que dejar que te afecte lo que digan los demás", comentó Mariel haciendo una mueca.
"Siempre me ha afectado. Siempre se han burlado de mí", lamenté.
"A mí siempre se me rieron porque era muy alta y delgada. Pero lo más importante es cómo lo tomemos nosotros. Si vamos a permitir que eso nos lastime y nos hunda, o si decidimos que eso nos dé igual y seguimos adelante".
"Tienes razón", comenté mientras ella sonreía. Me faltaron palabras porque me tomó de la mano y juntas avanzamos. Era complicado, para ser sincera. A veces los días se volvían tan eternos que perdíamos la noción del tiempo, pero desde que conocí a mi mejor amiga, prefería estar así con ella. De vez en cuando se acercaba mi otra amiga, Ana. Charlábamos un poco y luego cada una seguía su camino. No estaba segura de dónde se alojaba, pero no tenía tiempo para preguntarles.
Al día siguiente comenzaron unas clases para caminar en pasarelas. Al principio, las chicas arrogantes subieron y se burlaron de mí, diciendo que no sabía modelar y que era torpe e inelegante. Cuando llegó mi turno, me sentí nerviosa. A pesar de los comentarios, subí las escaleras y llegué a la plataforma.
"Se va a quebrar", exclamó una, desatando risas excepto por mis tres amigas.
Suspiré y las miré de reojo. Incluso me había hecho amiga de una chica de Uruguay llamada Lucía.
"No se rían de mí", les pedí. Sabía que antes de venir, había sido modelo de ropa interior de talla grande. Comencé a moverme, una pierna tras otra, con la espalda recta y las manos en la cintura. Sonreí cálidamente, di un giro al final y regresé.
Las chicas comenzaron a aplaudir emocionadas y el asesor dijo:
"Ves, así se modela".
"Perfecto, cariño, perfecto", comentó, abrazándome antes de bajar.
En ese instante, me sentí muy bien y mis nuevas amigas me abrazaron.
"Te dije que lo harías perfecto", comentó Mariel y sonreí agradecida. Era el turno de todas y teníamos que practicar casi todos los días, ahora iríamos al gimnasio.
"Sí, tenemos que hacer nuestras rutinas diarias como siempre", afirmé.
Llegamos con Mariel, Lucía y Camila. Éramos cuatro y eso me hizo sentir un poco menos sola. Empezamos con un calentamiento en bicicleta mientras nos sonreíamos. Esa noche tendríamos una cena benéfica con todas las candidatas a Miss Universo, para recaudar fondos para una fundación y practicar la elegancia al comer.
Al terminar nos bañamos, estaba cansada tras un día estresante, más mentalmente que físicamente. Suspiré y tomé agua antes de recostarme. Mariel empezó a roncar, agotada. En dos horas debíamos levantarnos para la cena benéfica a las 6 de la mañana y estábamos agotadas.