El despertador sonó dos horas después, me levanté a regañadientes.
"Ay, no puedo levantarme", protestó Mariel, y reí. Pronto llegaron nuestras maquilladoras. Ana se acercó y me preguntó cómo estaba.
"Bastante bien", mentí. "Unas chicas la molestan y casi les agarro de los pelos", protestó Mariel.
Diálogo: "Te dije que la opinión de los demás no importa, solo importa lo que tú pienses y las personas que te quieren. Soy Ana", comentó refiriéndose a Mariel.
Diálogo: "Yo soy María. Es un placer", respondio.
"Es muy bonita", comentó la maquilladora de Mariel, y sonreí.
Una hora más tarde, nos encontramos frente al gran salón de la sala benéfica. Habíamos ido en distintos autos para llegar. Ana me puso un vestido gris que brillaba, dejando el abdomen al descubierto y con un tajo en la pierna. Me sentía bonita y no me veía para nada gordita. Me gustaba esa ropa, disfrazaba lo que en verdad era, aunque para mi amiga yo era perfecta.
Mariel me tomó del brazo, Camila también. Al lado se encontraba la Miss uruguaya, avanzamos para ingresar. Decir que estaba nerviosa era poco. Decían que habría muchas personas importantes y representantes que se colaban en estas fiestas para tener conclusiones. No tenía ánimos de ser evaluada.
Nos asignaron en distintas mesas y nos sentamos. Estaba con mis amigas y dos chicas más que no conocía, pero eran bastante amables. Conversamos enseguida. Nos sirvieron jugo de manzana, sin alcohol ni cosas que pudieran perjudicarnos. Me puse de pie para buscar algo en la parte de la mesa salada, prefería lo salado a lo dulce y algunas otras personas también estaban de pie.
Cuando me acerqué a la mesa, dos chicas se apartaron de mí. Una de ellas dijo, "Mira, la gordita no puede parar de comer", mientras la otra se reía divertida. Mi estómago se cerró, pero justo cuando estaba a punto de alejarme, algo me detuvo.
"Ven, vamos a elegir qué comer", murmuró alguien. Era él, el chico al que había espantado. Las dos chicas, que se burlaban de mí, cambiaron su expresión.
"Gracias", murmuré.
Él añadió, "No dejes que esas arpías te digan tonterías.
“Perdón por insultarte".
"Está bien, no sabía que era una costumbre", respondí.
"¿Qué haces aquí?", pregunté, y él sonrió. Juntos nos alejamos de la multitud, hasta la terraza.
"Soy juez de la competencia", comentó. Mi rostro mostró sorpresa.
"¿Qué?", pregunté, y él asintió.
"Soy asesor de belleza desde hace mucho tiempo".
"¿Eres gay?", pregunté.
Él rió. "No, claro que no. Siempre está ese tabú de que el hombre que le gusta esas cosas tiene que ser gay".
"No lo sé", encogí los hombros, él sonrió y tomó un sorbo de su copa.
"Así que les dan jugo de manzana", bromeó.
"Supongo", murmuré, mirando hacia abajo, era alto desde donde estábamos, con las estrellas sobre el cielo.
"Eres bonita cuando te sonrojas", susurró mientras apartaba un mechón de mi cabello detrás de mi oreja. Sonreí.
"Supuestamente no puedo acercarme a las Miss Universo, pero ya te conocía de antes", comentó encogiéndose de hombros.
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"Supones bien", comenté divertida, y él sonrió.
"¿Te gustaría venir a bailar conmigo?", preguntó.
Suspiré, estirando la mano, y él la tomó entre sus dedos. Empezamos a bailar entre la multitud; había mucha gente, así que pasamos desapercibidos. No me tomó de la cintura, y me sentí en las nubes. Era el hombre más hermoso que había visto, y sentí su mirada especial. Me sonrojé cuando me dio una vuelta y se acercó mucho a mí. Sentí su pecho pegado a mi espalda y sus labios cerca de mi oído.
"Bailas muy bien", dijo rozando mis labios, y me alejé asustada.
"Mejor me voy con las chicas", comenté, y él me dejó ir. Se fue hacia la terraza; parecía que le gustaba la soledad.
"¿Qué fue eso?", preguntó Mariel con una sonrisa divertida, y Camila también.
"Me sacó a bailar", comenté con una sonrisa tímida, y ellas gritaron.
"Chicas, silencio", las regañó miss Uruguay, y empezamos a reírnos.
"Ese juez, al parecer, le gusta nuestra compañera", dijo divertida Mariel.
"No, lo último que quiero es meterlo en problemas", murmuré apenada. Añadí: "Además, chicas, él es perfecto, no se va a fijar en alguien como yo".
"Alguien como tú, eres hermosa", protestó Lucía, mirándome mal por siempre bajonearme a mí misma.
"Tienes razón, de igual forma dijo que no pueden acercarse a nosotras, o eso es lo que él me dijo", explicó Mariel, y suspiré.
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El resto de la noche nos miramos de reojo. Quería escaparme con él, pero no podía. Pronto, el asesor se unió a nuestra mesa y sentí que nos vigilaba con cada movimiento, incluso las demás chicas, a pesar de que bailaban con algunos hombres, siempre estaban controladas. En un momento, decidí ir al baño, realmente lo necesitaba. Cuando estaba a punto de llegar, una mano me interceptó. Era él, frente a mí. Antes de decir algo, me besó, sorprendiéndome mucho. Me quedé perpleja, pero sonrió.
"¿Has sentido lo mismo que yo desde que te conocí?", preguntó. Mis mejillas se tornaron rojizas.
"Yo, yo no sé de qué hablas", respondí. Él frunció el ceño.
"¿De verdad no sientes nada por mí?", preguntó, haciendo una mueca.
"No lo sé, es verdad, pero yo..." comencé, pero él me interrumpió.