Su sonrisa se amplió, sus ojos se entornaron y me dio un golpecito en la nariz antes de girar sobre sus talones e irse de la cocina directo a su habitación. ―Pasa una bonita noche, Niki ―se despidió con otro bostezo antes de entrar a su cuarto. El pulso retumbó en mis costillas, en el esternón. El calor sofocó mi pecho y el peso de sus palabras caló en mi cuerpo. No pude evitar recrearme con las imágenes que formó con sus palabras, con la forma en la que el embrujo de su voz me llevó a imaginarme tal como dijo. ¿Podía hacerlo? Tragué saliva, no lo sabía, no estaba tan segura como ella, sin embargo, no había marcha atrás, estaba subida en ese tren y no me iba a bajar antes de comenzar la nueva aventura. Tomé una gran bocanada de aire y, con lo necesario en las manos, me fui a mi nueva

