Su pelvis golpeó contra mi sexo y todo se oscureció ante una nueva ola de placer carnal, que nació en mi interior y dilapidó mi racionamiento, así como cualquier palabra coherente que pudiera salir de entre mis labios. Bebió de mi cuerpo hasta que ya no pude más, me cubrió con el chocolate, ocupó las fresas para pintar sobre mi piel y luego me las dio de comer. El regusto de mi excitación se pegó a mi paladar, al suyo que no tardé en degustar cuando me volvió a besar mientras sus dedos jugaron con mi canal. Me corrí tres veces seguidas. Lloriqueé por culpa de sus manos, de su boca, de su erección que empujó enjaulada dentro de su pantalón, mientras nos besamos tras succionarme los pechos por varios minutos. Con las piernas temblorosas, como ciervo recién nacido, me ayudó a bajarme de l

