Gerónimo despertó esa mañana con su mente fija en la camarera del restaurante. Había algo en ella, una mezcla entre su forma discreta de moverse entre las mesas y esa sonrisa que parecía iluminar incluso los rincones más grises del local. Mientras se vestía, no podía dejar de pensar en sus ojos cálidos y la manera en que parecía observar el mundo con una paciencia y humildad que rara vez encontraba en su entorno. Su vida, llena de lujos y apariencias, estaba muy lejos de las realidades que esa mujer seguramente enfrentaba, pero algo en ella lo había atrapado. Bajó las escaleras directo al comedor. Como cada mañana, la familia estaba reunida para el desayuno. Su padre, como siempre, estaba sumido en las noticias de la bolsa, con su tablet en una mano y una taza de café en la otra. Su madre

