Tadeo.
La tenue luz del hospital ilumina la habitación donde Tadeo, un pequeño de cinco años, descansaba en una cama rodeado de máquinas que marcaban el ritmo constante de su frágil salud. Nohelia William, su madre, estaba sentada a su lado, acariciando suavemente su cabello castaño mientras le sonreía con ternura. A pesar del cansancio que marcaba su rostro, la fortaleza y amor que sentía por su hijo eran evidentes.
—Mamá, ¿cuándo vamos a salir de aquí? —preguntó Tadeo, con la inocencia propia de su edad, pero con un destello de madurez que rompía el corazón de Nohelia.
Ella lo miró, intentando mantener la calma que tanto se esforzaba por proyectar. Sabía que no podía mentirle, pero también que la verdad era demasiado dura para un niño tan pequeño.
—Pronto, mi amor —dijo con una sonrisa que no logró alcanzar sus ojos—. Pero tenemos que esperar un poco más, ¿me ayudas a hacer algo mientras tanto?
Tadeo asiente con entusiasmo, siempre dispuesto a ayudar a su madre.
—Claro, mamá. ¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a orar juntos —respondió Nohelia, tomando las pequeñas manos de su hijo entre las suyas—. Vamos a pedirle a Dios que te dé mucha fuerza y que nos ayude a salir de esto.
Tadeo cerró los ojos con una expresión de concentración, imitando a su madre. Nohelia comenzó a hablar en voz baja, con una mezcla de fe y desesperación que solo una madre en su situación podría comprender.
—Señor, te pedimos por la salud de mi pequeño —susurró, sintiendo que su corazón se rompía un poco más con cada palabra—. Dános la fuerza para seguir adelante y permítenos ver pronto el día en que Tadeo pueda correr, jugar y ser un niño como los demás.
—Amén —dijo Tadeo con una sonrisa, abriendo los ojos y mirando a su madre con la fe inquebrantable de un niño que cree que todo es posible.
La noche comenzaba a caer, cubriendo el hospital con su manto de silencio y tranquilidad. Nohelia arropó a Tadeo con cuidado, asegurándose de que estuviera cómodo.
—Ahora tienes que descansar, mi amor —le dijo, besando su frente—. Tengo que ir a trabajar, pero regresaré como siempre, temprano en la mañana.
Tadeo asintió, mostrando una madurez que no debería corresponder a alguien de su edad.
—Te quiero mucho, mamá —dijo, abrazándola con fuerza antes de soltarla.
—Y yo a ti, mi corazón —respondió Nohelia, con la voz quebrada por la emoción.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y una enfermera entró, haciendo una seña a Nohelia para que saliera. Nohelia se levantó con pesar, lanzando una última mirada a su hijo antes de dirigirse hacia la puerta.
—Cuida de él, por favor —le dijo a la enfermera, quien asintió con una sonrisa comprensiva.
—No se preocupe, señora William. Tadeo estará bien.
Nohelia salió de la habitación con el corazón roto. Cada vez que dejaba a su hijo, sentía como si una parte de ella quedará atrás, atrapada entre esas cuatro paredes llenas de máquinas y medicamentos. Caminó por los pasillos del hospital con la cabeza gacha, intentando controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarse. No podía permitirse llorar; no ahora, no mientras tenía tanto que hacer.
Fuera del hospital, la noche era fría y oscura. Nohelia subió al autobús que la llevaría a su trabajo, un turno nocturno que había aceptado porque pagaba mejor. Sabía que cada centavo contaba para reunir el dinero necesario para el trasplante que podría salvar la vida de Tadeo.
Mientras el autobús avanzaba por las calles de la ciudad, Nohelia dejó que sus pensamientos vagaran. Recordó los días felices antes de que la enfermedad de Tadeo se manifestara, cuando él corría por el parque con una energía inagotable, riendo y jugando como cualquier otro niño. Esos recuerdos eran su refugio, pero también su tortura, porque le recordaban todo lo que habían perdido.
Cuando llegó a su lugar de trabajo, un restaurante que funcionaba las 24 horas, se colocó su uniforme y se preparó para otra larga noche. Sus compañeros sabían de su situación y trataban de apoyarla cuando podían, pero también tenían sus propios problemas.
—Nohelia, ¿Cómo está Tadeo? — pregunta Mary, una compañera de trabajo, quien en muchas ocasiones a sido su pañuelo de consuelo.
Nohelia suspiro para poder hablar de su hijo sin quebrarse —Está estable, pero su tiempo cada vez es más corto y se acaba, es un niño tan pequeño y difícil de conseguir un trasplante— en adultos era más fácil, pero jamás imagina a otra madre perder a su hijo y donar sus órganos.
Mary ha pensado en muchas posibilidades para ayudar a su amiga —¿Has pensado en cambiar de trabajo?
Nohelia no quiere dejar este trabajo, le ha permitido reunir un poco de dinero y el horario por ahora es el mejor —Sabes que no puedo, Tadeo necesita que lo visite de día, soy su única familia, no lo puedo abandonar— dijo mientras termina de colocar el gorro de trabajo y sale a atender las mesas.
Mary se quedó ahí parada, no dejaría a Tadeo solo, ella cree que en cualquier momento se hará el milagro.
Esa noche Nohelia trabajó sin descanso, sirviendo mesas, limpiando y asegurándose de que todo estuviera en orden. Cada propina que recibía la guardaba con cuidado, sabiendo que era un paso más hacia el objetivo que tanto anhelaba.
A lo largo de la noche, su mente volvió una y otra vez a Tadeo. Imaginó su carita sonriente, su risa contagiosa y su voz dulce diciéndole que la amaba. Esos pensamientos le daban la fuerza para seguir adelante, incluso cuando el cansancio amenazaba con vencerla.
Finalmente, el turno terminó y Nohelia se cambió de ropa, lista para regresar al hospital.
—¿Quieres el aventón? — preguntó su compañera Mary, no quiere verla cansada y cogiendo el bus.
Nohelia sonríe al ver como aquella joven trata de ayudarle —Si por favor, me seria de mucha ayuda— dijo mientras se sube al auto.
—Descansa un poco, te despertaré al llegar—
Nohelia no lo dudo, ella colocó el cinturón y cerró sus ojos, no era difícil quedarse dormida luego de una noche larga de trabajo.
Aunque estaba agotada, la idea de ver a Tadeo la llenaba de energía, pero ese descanso de camino al hospital le servirá de mucho, Mary condujo por el camino más largo, de igual manera si se iba en bus tardaría lo mismo o más, una hora después ella tocó el hombro de su amiga.
—Nohelia, Nohelia hemos llegado— Nohelia abrió sus ojos y sintió que había dormido una eternidad.
—Gracias Mary, prometo compensarte en el trabajo— dijo mientras se bajó del auto, Mary sólo le hizo señas con las manos para que fuese con su pequeño Tadeo.
Cuando llegó al hospital, se dirigió directamente a la habitación de su hijo. Al abrir la puerta, encontró a Tadeo despierto, sonriéndole con entusiasmo.
—¡Mamá! —exclamó, extendiendo los brazos hacia ella.
Nohelia lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo su corazón se llenaba de amor y esperanza.
—¡Buenos días, mi amor! ¿Cómo te sientes hoy?
—Bien, mamá. Soñé que estaba jugando en el parque contigo —dijo Tadeo, su sonrisa iluminando la habitación.
Nohelia le acarició el cabello, prometiéndose a sí misma que no sería solo un sueño.