No hizo falta que nadie más hablara. La revelación fue un disparo seco al centro de su pecho. Un eco invisible que se le colaba entre los huesos. Alessia no gritó. No lloró. Solo se quedó ahí, inmóvil, con los labios entreabiertos, como si el aire fuera ahora un lujo que no le pertenecía. —Tu tío —repitió su madre con un hilo de voz—. Tu tío es quien quiere matarte. —Él... él está muerto. —Su voz sonaba como la de una niña que intenta recordar una pesadilla mal contada. —Eso creíamos todos. Silencio. Pero no de paz. Silencio de tumba, de secreto maldito enterrado demasiado tiempo. Las palabras de su madre resonaban en su cabeza como ecos de una historia que jamás quiso conocer. La historia de su sangre. Dante dio un paso al frente. Su presencia llenaba la habitación como un fuego que

