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El Precio de Ser Mía – El Renacimiento

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Blurb

Ella no puede ser descrita con una sola palabra.

Porque no es solo víctima, ni solo valiente.

Es un huracán de fuerza, una cicatriz con perfume,

una reina rota que aprendió a sangrar en silencio… y a disparar con estilo.

Él cree tener el control de todo.

Del dinero, del poder, de los secretos.

Y tal vez lo tenía… hasta que la conoció.

Ella fue el error que jamás pudo borrar.

Y él, la sombra que nunca dejó de perseguirla.

Se aman sin admitirlo.

Se odian sin soltarse.

Y lo que los une no es solo deseo…

Es un pasado cargado de traiciones, secretos sin nombre, y heridas que no cierran.

Esta no es una historia de amor.

Es una guerra disfrazada de romance.

Una redención que cuesta sangre.

Y un precio tan alto…

que solo se puede pagar con el alma.

Estás lista para descubrir cuánto vale el amor cuando el precio… eres tú misma?

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Capítulo 1 –"Nadie sobrevive al fuego... si antes no aprende a arder."
La música era suave, elegante, y terriblemente hipócrita. Porque dentro de aquel salón de mármol, vestidos de gala y sonrisas de cristal, todos eran bestias disfrazadas de oro. Alessia caminaba entre ellos con los tacones altos y el alma aún más erguida. Sabía que no pertenecía allí. Sabía que esa no era su guerra. Pero también sabía que había llegado el momento de meterse en la boca del lobo… Y hacer que el lobo se atragantara con ella. —Ahí está —susurró su madre, con un leve temblor en la voz. Alessia levantó la mirada. Y lo vio. Dante Moretti. Vestido de n***o, como si el luto le perteneciera incluso antes de la muerte. Los ojos fríos, como los de un dios caído. La sonrisa, mínima y peligrosa… como una pistola sin seguro. Estaba de pie al fondo del salón, rodeado de guardaespaldas, socios, y mujeres que sabían que nunca serían suficientes para él. Y sin embargo, cuando Alessia cruzó el umbral, él levantó la vista. Y la miró. No como a una mujer. Sino como a un reto. Ella sintió el peso de sus ojos recorriéndole la piel. Y por un segundo… se sintió desnuda. Pero no se detuvo. Porque para matar a un rey, primero hay que provocarlo. —¿Estás segura de esto? —volvió a murmurar su madre—. Todavía podemos irnos… —Demasiado tarde —susurró Alessia, clavando la vista en el monstruo que la devoraba con los ojos—. Ya me vio. --- El plan era simple. Entrar. Encantar. Destruir. Lo que no estaba en el plan… Era que él también tuviera uno. --- Cuando Dante se acercó, el silencio se hizo entre la multitud como si el mundo le abriera paso. Alessia respiró hondo, sintiendo que cada paso suyo la hundía más en el abismo. —¿Eres la hija de Giuliana? —preguntó, con una voz tan grave que parecía vibrar en el pecho de ella. —¿Y tú el hijo del diablo? —respondió, sin pestañear. Un segundo. Solo uno. Y él sonrió. No una sonrisa común. Una de esas que preceden a una tormenta. —Me gusta cómo hablas. ¿También sabes callar? —Solo cuando vale la pena. —Entonces haremos que valga. Y con una inclinación de cabeza, Dante Moretti hizo algo que nadie esperaba: Le ofreció la mano. Ella la tomó. Y con ese roce de dedos, firmó algo más que un saludo. Firmó su condena. El salón parecía un escenario congelado. El momento exacto en el que el depredador y su presa se reconocen, y ninguno corre. Porque el juego no es escapar. Es ver quién muerde primero. Dante no soltó su mano de inmediato. Sus dedos, largos y firmes, atraparon los de Alessia con una suavidad que dolía. Y en ese contacto, ella supo que ese hombre no ofrecía seguridad. Ofrecía control. —¿Tú madre no te advirtió sobre mí? —murmuró él, con una sonrisa que no llegó a los ojos. Alessia alzó el mentón. —Me advirtió. Por eso vine preparada para lo peor. Él soltó una leve risa. Una de esas que helaban la espalda. —Lo peor aún no ha empezado, bella. Dio un paso hacia ella. Tan cerca, que su perfume —una mezcla de madera, humo y poder— le golpeó como un golpe en el pecho. —¿Qué haces aquí, Alessia? ¿O debería decir… qué esperas sacar de esto? Ella tragó saliva, manteniendo la mirada fija. Dante no era solo peligroso. Era adictivo. —Tal vez vine a conocer al hombre detrás del mito. —Y yo pensaba que eras más lista. —¿Y tú pensabas que yo sería fácil? Silencio. El tipo de silencio que se siente más fuerte que un disparo. Un cruce de miradas donde la tensión se transforma en electricidad. Y esa electricidad, en deseo disfrazado de amenaza. Dante bajó la vista hacia sus labios. Y luego a su cuello. Después volvió a sus ojos, como si estuviera calculando cuánto dolor podría soportar antes de romperse. Y cuánto placer antes de suplicar. —No deberías estar aquí —susurró él—. No sabes en qué te estás metiendo. —Tal vez sí lo sé. —¿Y aún así viniste? Ella sonrió. —Tal vez yo también soy un poco peligrosa. Y fue en ese instante, con esa frase, que Dante tomó una decisión. No lo dijo en voz alta. No lo expresó con palabras. Pero su mirada lo gritó: “Me la voy a quedar.” --- La fiesta continuaba a su alrededor. Risas falsas. Copas levantadas. Música que servía de maquillaje para un mundo podrido. Pero ellos ya no escuchaban nada. Solo existían los dos. Hasta que la voz de un tercero interrumpió. —Dante, necesitamos tu firma en el contrato con los De Luca —dijo un hombre de traje, con acento del sur. Dante ni siquiera lo miró. —Ve tú. Yo estoy ocupado. El otro vaciló. —Pero el acuerdo… —Dije que estoy ocupado. El hombre se fue, tragando su orgullo. Y Alessia entendió que Dante no era solo un jefe. Era un rey. Uno que mandaba sin necesidad de alzar la voz. Uno que había matado para llegar hasta allí… Y no dudaría en volver a hacerlo. —¿Siempre tratas así a tus invitados? —preguntó ella, fingiendo indiferencia. —Solo a los que me interesan. —Y yo te intereso. —Más de lo que debería. --- Dante hizo un gesto con la mano, y un camarero se acercó al instante. —Llévala a mi oficina. Yo iré en cinco minutos. —¿Qué? —soltó ella, sorprendida—. ¿A tu oficina? Él se inclinó, tan cerca de su oído que su aliento le erizó la nuca. —Si de verdad eres tan peligrosa como dices… Entonces quiero ver qué tan bien juegas cuando no hay testigos. Y se alejó. Dejándola en el centro del infierno… Con una invitación al núcleo del fuego. La puerta del despacho se cerró con un clic tan suave que erizó la piel de Alessia. Estaba sola. O eso creyó. El lugar era una catedral de secretos: estanterías llenas de libros que olían a historia, a polvo, a poder. Una chimenea encendida crepitaba suavemente, pero no ofrecía calor. Solo escenografía. Sobre el escritorio, una copa de vino. Media vacía. O media envenenada. Porque con Dante Moretti, todo tenía doble filo. Ella no se sentó. No preguntó. Solo caminó lentamente hacia la ventana, donde la ciudad brillaba como una promesa rota. —No me gusta que me hagan esperar. Su voz la atravesó como una bala. No lo había escuchado entrar. Pero allí estaba. Recostado contra el marco de la puerta, con la chaqueta en la mano y la camisa medio desabotonada. Dante. Peligroso. Exhausto. Hermoso. —Entonces te acostumbrarás a que te desobedezcan —dijo ella, sin girarse. Silencio. Pero no un silencio cualquiera. Un silencio de esos que dicen: esto va a doler. —Tu lengua es afilada —respondió él, con una sonrisa cargada de amenaza—. Pero te recuerdo que estás en mi casa. —Y tú en mi mente. —¿Eso es un cumplido? —Es una advertencia. Finalmente, Alessia giró para enfrentarlo. Dante la miró como si quisiera devorarla. No como hombre. Como bestia. —¿Por qué yo? —preguntó ella de pronto—. ¿Por qué fijarte en mí? Dante cruzó el espacio entre ellos en dos pasos. La atrapó con la mirada. Con el cuerpo. Con el aire mismo. —Porque entraste a mi fiesta sin miedo. Porque me desafiaste con cada palabra. Porque tu cuello tiembla y aún así no lo ocultas. Y porque... nadie me había mirado así desde que enterré a mi padre. Sus palabras no eran románticas. Eran cicatrices habladas. —Esto no es un cuento de hadas —advirtió ella. —Lo sé —dijo él—. Esto es una guerra. Entonces, Dante alzó una mano. No para tocarla. Para tomar su barbilla y alzarla con una firmeza brutal. —Si te quedas, vas a sangrar, Alessia. Pero también vas a descubrir quién eres realmente. Y cuando eso pase… ya no vas a querer salir de este infierno. Ella tragó saliva. No por miedo. Por fuego. —¿Y si me pierdo? Dante bajó la mano, rozando su garganta apenas con los nudillos. —Entonces te voy a enseñar a ser salvaje. Y esa fue la sentencia. No hubo beso. No hubo caricia. Solo una mirada que decía: Te elegí. Ahora ve si puedes sobrevivirme.

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