Capítulo 2 – "La Jaula de Oro"

1462 Words
El sonido del silencio era tan real que parecía gritar. Alessia despertó sobresaltada. Por un instante no supo si aún soñaba o si el infierno la había seguido al mundo real. El colchón era demasiado suave, las sábanas demasiado perfumadas. La habitación estaba sumida en una penumbra elegante, con cortinas de terciopelo y lámparas antiguas que daban la sensación de estar atrapada en un sueño de lujo... o en una prisión disfrazada de palacio. Sus ojos recorrieron cada rincón con hambre de respuestas. Pero lo único que encontró fue un reflejo en el espejo: una chica asustada, despeinada, con el maquillaje corrido y las muñecas marcadas por la tensión. Dante Moretti no estaba allí. Y eso era aún más peligroso. El silencio en esa mansión no era un regalo... era un juego. Uno en el que Alessia no conocía las reglas, y él las escribía a cada paso que daba. Se levantó con cautela, sintiendo aún en sus huesos la tensión de la noche anterior. Recordó el disparo. El caos. El susurro en su oído. "Prométemelo." Ella lo había hecho. Y ahora no sabía si lo lamentaba. —¿Dónde estás? —susurró, aunque no esperaba respuesta. Entonces lo escuchó. No una voz. No pasos. Una nota. Una hoja blanca sobre la mesita junto a una copa de vino tinto recién servido. "No intentes escapar. Esto no es un rescate. Es el inicio." —Dante —murmuró su nombre como si fuera veneno y al mismo tiempo cura. Una parte de ella quería correr. La otra… Quería entenderlo No tardó en encontrar la puerta. O más bien, una de ellas. Estaba abierta. Y eso era lo más inquietante. Bajó por las escaleras con los pies descalzos, escuchando el eco de sus propios pasos en el mármol frío. A cada lado, cuadros con rostros de hombres que la observaban. Rostros con los mismos ojos que Dante. Ojos que habían construido imperios… o destruido almas. En la planta baja, encontró una cocina vacía. Un comedor demasiado grande para un solo hombre. Y luego… un piano. Antiguo, n***o, como los secretos que lo rodeaban. Alessia no era idiota. Sabía que la estaban dejando explorar… a propósito. Como quien permite que el ratón recorra la jaula antes de cerrarla por completo. —Estás aquí —dijo una voz detrás de ella. Se giró, rápido. Y lo vio. Dante Moretti estaba recostado contra el umbral, con una taza de café en la mano y una mirada que ardía como pólvora. —¿Siempre espías a las mujeres que secuestras? —preguntó ella, con veneno. Él sonrió. —Solo a las que me interesan. —Qué halago. —Es un hecho, no un cumplido. Se acercó sin prisa, como si cada paso fuera una advertencia. Y cuando estuvo frente a ella, le ofreció la taza. —Bébelo. No está envenenado. —¿Y si no quiero? —Entonces seguirás sin respuestas. Ella lo miró con el mismo fuego con el que él la observaba. Y bebió. No por obedecer. Por poder. —¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó. —Porque me perteneces. —¿Perdón? —Tu madre me vendió tu lealtad. Y tú firmaste ese pacto con tu promesa. Alessia apretó la mandíbula. Sintió el golpe de sus palabras como un puñetazo invisible. —¿Y qué esperas de mí? —Obediencia. Inteligencia. Belleza ya tienes. —¿Y si no te la doy? —Entonces serás libre. Pero marcada por mí para siempre. Lo dijo sin levantar la voz. Y fue eso lo que la quebró por dentro. Las siguientes horas fueron un desfile de extraños. Dante desapareció tras esa conversación, como si la hubieran planeado solo para enredarla más en su telaraña. En su lugar, aparecieron rostros desconocidos. Un hombre alto y calvo que le midió la talla para ropa. Una mujer de cabello gris que le preguntó por alergias alimentarias. Un chef que le ofreció un menú semanal. Todo era demasiado... civilizado. Demasiado cuidado. Y eso lo hacía más cruel. Estaba siendo tratada como una muñeca de porcelana. Decorada. Alimentada. Vestida. Pero prisionera. Cuando cayó la noche, Alessia volvió a su habitación. Y encontró algo nuevo sobre la cama. Un vestido. Negro. Elegante. Corto. Y una nota: "La cena es a las nueve. No llegues tarde. – D" Ella lo sostuvo entre los dedos como si quemara. A las ocho y cincuenta y cinco, lo llevaba puesto. Y maldiciéndose por obedecer. Dante la esperaba en el comedor. Solo. Pero nunca desarmado. Cuando la vio, no dijo nada. Solo bebió un sorbo de vino y señaló la silla frente a él. —¿Acaso esto es una cita? —preguntó ella mientras se sentaba. —No. —¿Entonces qué es? Dante bajó la copa. La miró con esa intensidad suya, oscura, inexplicable. —Una advertencia. La cena fue silenciosa. Pero no incómoda. Solo... tensa. Como si el aire estuviera hecho de cuchillas flotando entre plato y plato. Y entonces, justo cuando Alessia pensó que todo acabaría así, él habló: —¿Quieres saber la verdad sobre tu madre? Ella levantó la mirada, con el corazón a punto de explotar. —Ella no te traicionó. Ella intentó salvarte. Y por eso... también firmó su sentencia de muerte. Alessia se quedó congelada. Y antes de que pudiera hablar, Dante se levantó, fue hasta ella, y susurró en su oído: —Tú solo estás viva porque alguien murió en tu lugar. Y así, la cena terminó. Y el verdadero infierno… comenzaba. La noche no terminó con aquella advertencia. De hecho, no hizo más que comenzar. Alessia no se movió. Seguía sentada en la gran mesa como si su cuerpo hubiera quedado atrapado entre dos tiempos: el que conocía y el que recién comenzaba a devorarla. Las palabras de Dante —"alguien murió por ti"— la roían por dentro, como una plaga silenciosa. ¿Quién? ¿Por qué? Pero no le preguntó. Porque sabía que él no respondía por presión. Sino por deseo. Y esa era la parte más aterradora: Dante hablaba cuando quería manipular, no cuando quería consolar. —No puedo dormir sabiendo que juegas con mi cabeza —murmuró Alessia, rompiendo el silencio. Dante, que ya se había levantado de la mesa, giró lentamente para verla. La lámpara colgante bañaba su rostro con sombras suaves, pero sus ojos… sus ojos parecían hechos de fuego puro. —Entonces no duermas —respondió él—. Solo los inocentes duermen en paz. Y tú, Alessia… ya no eres inocente. Ella apretó los puños, harta de su juego, de su tono, de su manera de desdibujar todo lo que ella era. —¿Y tú qué eres? ¿El demonio que vino a purgarme? —No. Yo soy el castigo. El que te recuerda que nada es gratuito. Dante caminó hacia ella lentamente. Sus pasos resonaban en la madera del piso como golpes secos de realidad. —Tu madre trató de alejarte. Pero cometió un error. Me desafió. —¿La mataste tú? —preguntó Alessia, sin parpadear. Dante se detuvo a un metro de distancia. No negó. No afirmó. Solo sostuvo su mirada por largos segundos… y luego dijo: —Yo decidí que muriera. Pero no con mis manos. Una confesión sin sangre. Una sentencia disfrazada de justicia. Alessia sintió que el mundo se ladeaba un poco. Pero no lloró. No lo haría frente a él. No esa noche. —¿Y yo? ¿Estoy aquí por castigo también? —susurró. —Estás aquí porque, pese a todo… quiero salvarte. —¿Salvarme de qué? —De ti misma. Dante se inclinó un poco. Rozó su mejilla con la yema de los dedos. El contacto fue eléctrico. Violento en su ternura. Y luego añadió: —A partir de ahora, cada decisión que tomes... tendrá un precio. —¿Y si decido odiarte? —Ese odio… se transformará en deseo. —¿Y si decido amarte? Dante sonrió, oscuro, fatal. —Entonces también perderás. Ella cerró los ojos. No podía respirar. No del todo. La atmósfera se había vuelto densa. Tan densa como su atracción por ese hombre que olía a peligro, a muerte… y a salvación. —¿Por qué yo, Dante? —susurró de nuevo. —Porque tú no me temes. —Claro que te temo. —No lo suficiente. El silencio volvió a caer. Y con él, la certeza de que esa casa… no era una prisión. Era una maldición. Cuando Alessia regresó a su habitación, encontró un cuaderno sobre la almohada. Y una pluma. Piel roja. Tinta negra. Y una nota: "Escribe todo. O te olvidarás de quién eres." Abrió la primera página con manos temblorosas. Y por primera vez, escribió: "Me llamo Alessia. Y este es el precio de ser mía."
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