Nunca pensé que volvería a verlo.
Y si lo hacía, imaginé mil veces que sería con las palabras exactas listas para escupírselas en la cara. Con el corazón frío, con la memoria anestesiada, con todo el poder que él me arrebató devolviéndomelo de golpe. Pero no así.
No… no como una maldita niñera tocando su puerta en busca de “una conversación adulta”.
No con el alma tambaleando, los labios secos y los recuerdos arañándome desde el fondo.
—Magda, necesito hablar con el padre de la niña —dije mientras fingía una serenidad que no sentía ni un poco.
La mujer me miró como si supiera algo. Como si en sus ojos vivieran secretos que a mí todavía no se me permitían. Asintió en silencio, y me guió por los pasillos de la mansión. Cada paso se sentía más pesado, como si mis pies se hundieran en cemento. Algo en el aire cambió. Un escalofrío recorrió mi espalda, uno antiguo. Uno familiar. Uno que reconocí demasiado tarde.
—¿De quién es esta habitación? —pregunté señalando la que queda junto a la mía. Antes pensé que sería la de Lilith, pero no, la de la niña queda a dos puertas de distancia
—Es la habitación del señor —respondió Magda y me tensé.
Demasiado cerca de la mía. Pero igualmente las paredes aquí son gruesas, espero que lo suficiente para no tener que oír sus encuentros nocturnos con sus amantes. No sería nada agradable.
Tomamos las escaleras en ascenso hasta el tercer piso, a la izquierda habían unas grandes puertas de madera dobles. Magda golpeó un par de veces. Avisó nuestra presencia y entonces abrió. Un leve crujido anunció nuestra llegada. Ella se marchó y yo entré sola. Primero quiero saludar de manera formal para no causar mala impresión, después decir lo que tengo que decir.
Ese era mi plan, sin embargo, cuando una figura imponente emergió de detrás del escritorio de madera y pude reconocerlo, el aire de mis pulmones escapó y mis piernas se tornaron débiles cual gelatina.
Y ahí estaba él.
Alaric.
El demonio de mi pasado. El nombre que quise borrar y terminé tatuando en mi ruina. Alto, impecable, con esos ojos negros que sabían desarmar y destruir sin tocar. El traje que llevaba parecía hecho a medida para su arrogancia, para su control.
Nuestros ojos se cruzaron. El tiempo se suspendió.
Y luego él sonrió. No con sorpresa. No con alegría. Con burla.
Con esa maldita arrogancia que siempre lo hizo tan fácil de odiar… y tan difícil de olvidar.
—Vaya, vaya… —murmuró con voz baja, grave, seductora. Ese tono que sabía usar para quebrar a cualquier incauto —. La vida tiene formas curiosas de entretenerse.
Yo no dije nada al principio. Solo lo miré. Quería asegurarme de que era real. De que no estaba soñando esta pesadilla. Pero después de parpadear varias veces y ver que seguía allí, la ira inundó mis venas.
—¿Fue esto un plan? —escupí por fin, sin poder contener el veneno en mi voz—. ¿Me querías aquí? ¿Fue tu idea?
Alaric frunció apenas los labios, como si la pregunta le resultara entretenida.
—¿Por qué haría algo así? No tengo ningún interés en ti, Evelyn.
Esa frase… fue como una cuchilla, y sin embargo sonreí. Sarcástica. Fría.
Como me habían enseñado a ser.
—Entonces solo es una maldita coincidencia, ¿no? Que yo esté en la casa del hombre que arruinó mi vida. Cuidando a su hija como si nada hubiera pasado.
Él se acercó. Tranquilo. Como si el tiempo entre nosotros no existiera. Como si no me hubiera destrozado años atrás con decisiones que me persiguieron hasta hoy.
—Coincidencia o no, estás aquí. Y me parece… divertido.
Su mirada recorrió mi rostro como si me diseccionara. Como si buscara todas mis grietas para empezar a meter los dedos en ellas.
—Despídeme, ahora —ordené con un tono que me hacía a mí parecer la jefa y a él el empleado.
—¿Despedirte? —elevó una ceja sarcástico —. ¿Por qué haría eso? ¿No se supone que eres la mejor?
—No juegues conmigo. Tú mismo pusiste las clausulas en ese contrato. Yo no puedo renunciar, tú tienes que despedirme. Así que hazlo, no pienso quedarme aquí, conviviendo contigo. Me asqueas.
—No lo haré —sonrió de lado —. Confieso que no sabía que serías tú, pero la vida sabe poner las piezas en los lugares correctos.
—¿Piezas? —pregunté ofendida —. ¿Eso son las personas para ti, piezas?
—No todas, algunas sí —se encogió de hombros —. Tú por ejemplo eres el peón.
—¡Maldito! —gruñí cerrando los puños con rabia.
—¿Te ofende? Pero es la verdad. Evelyn Hart, eres el peón que alguna vez fue reina, pero cometió un gran error.
—Todas mis desgracias las causaste tú.
—No, las causaste tú —dijo dejando de lado su burla y poniendo una seria expresión —. Quisiste trepar un árbol muy alto, buscaste el peor enemigo. Fuiste ambiciosa y eso te costó todo. Fue el efecto domino. Solo empujé una ficha y todas las demás se vinieron abajo.
—Escúchame —respiré hondo porque sentía que perdería la calma —. Deja ese asunto, me odias, te odio; lo mejor es no vernos nunca más las caras. Despídeme.
—No.
—¿Por qué?
—Ya que estás aquí, no te quiero como simple empleada.
—¿Qué?
—Tú también arruinaste gran parte de mi vida, y es hora de que vivas en mi pequeño infierno personal. —La forma en que dijo esto fue aterradora en gran medida. Sus ojos se volvieron pozos profundos que parecían que me iban a devorar en cualquier momento.
Mi cuerpo se tensó.
—No pienso formar parte de ninguna de tus manipulaciones, Alaric. Si me tengo que quedar será por ella. Por Lilith. No por ti. Y si crees que voy a permitir que me arrastres otra vez a tus juegos sucios…
—¿Me vas a detener? —interrumpió, caminando hacia mí hasta que nos separaban apenas unos pasos. Bajó la voz—. ¿Cómo? ¿Con tu ética? ¿Tu falsa moral? Vamos, preciosa… sabes perfectamente cómo terminan estas historias entre nosotros.
Mi corazón latía con rabia, con confusión, con una adrenalina que no había sentido en años. Quise golpearlo. Quise gritarle. Pero me tragué todo y levanté la cabeza con dignidad.
—Exijo otro cuarto —espeté—. No voy a dormir cerca de ti.
Él se rió. Bajo, oscuro, divertido.
—No me contradigas, preciosa. Aquí, las reglas las pongo yo.
Y en ese instante lo supe.
Estaba atrapada. Otra vez.
En la misma telaraña, con el mismo monstruo. Pero esta vez no iba a dejarme devorar tan fácil.
Al salir de la habitación, temblando de rabia y contención, me juré que iba a sobrevivir. Que iba a cuidar a esa niña. Que iba a recordar quién era antes de él.
Y si podía…
Iba a destruirlo esta vez. Yo a él.
Porque el juego había comenzado.
Y yo ya no era la pieza débil.
Era la amenaza disfrazada de inocencia.