Regresé a la habitación tras ese inesperado encuentro. Estoy irritada… y eso que aún no he visto a la niña con mis propios ojos. Algo me dice que su malestar emocional no es casualidad. El ambiente familiar suele ser el primer detonante. Siempre es en casa donde comienzan las grietas que terminan rompiendo a los más pequeños.
Me siento en la cama y abro mi agenda. Nunca viajo sin ella. Es mi bitácora de observaciones, el registro que me guía en cada trabajo. Anoto todo: desde el entorno hasta las dinámicas familiares. Me ayuda a construir un perfil y saber cómo acercarme al niño sin alterar más su mundo. Porque a veces, incluso con las mejores intenciones, puedes hacer más daño que bien.
Apenas he llegado, pero ya hay cosas que saltan a la vista. La casa es enorme, ostentosa y vacía. He visto poco personal, y eso no encaja con el tamaño del lugar. No creo que sea por falta de dinero —no con el lujo que se respira ni con lo que están pagando por mis servicios—. No, esto parece intencional. Él valora la privacidad. Por eso esta mansión está perdida en medio de la nada.
Del padre solo sé que existe. No se ha presentado, pero todo gira en torno a él. No hay madre, lo que significa que la niña depende completamente de su figura y, hasta ahora, no parece ser la más estable. A menos de una hora de haber llegado, me crucé con una mujer saliendo por las escaleras. Una amante, sin duda. No sé si es algo puntual o si esta casa es una puerta giratoria de mujeres. Pero si la niña ha sido testigo de algo que no debería... bueno, eso explicaría muchas cosas.
Aún me falta mucho para comprender del todo el ambiente en esta casa, pero ha llegado el momento de ver a la niña con mis propios ojos. Anhelo lograr algún acercamiento, aunque sea mínimo. Tal vez encuentre una forma sutil de convencerla de comer algo.
Salgo de la habitación con paso decidido, buscando a Magda. Supongo que solo ella puede llevarme a verla. Podría ir sola, sí, pero algo me dice que irrumpir en su espacio sin una figura familiar que nos conecte no sería lo más sensato.
Al bajar las escaleras, la encuentro en la sala, dando indicaciones a una joven sirvienta. Me acerco y, al notar mi presencia, Magda me dedica una sonrisa cortés. Pero sus ojos… No hay alegría en ellos. Brillan con una sombra tenue, como si arrastrara una preocupación constante.
—¿Necesita algo, señorita Hart? —pregunta con ese tono formal que ya le he escuchado antes, aunque esta vez hay algo más, algo tenso en su voz.
—Me gustaría ver a la niña —respondo igual de cortés—. Preferiría que usted nos presentara. Quiero que sepa que estaré aquí para ella, que no soy una intrusa más.
Magda frunce el ceño apenas, probablemente sin entender por qué no deseo ir sola, pero no dice nada. Se limita a asentir y comienza a caminar. Tal como me indicó cuando llegué, la habitación de la pequeña Lilith está muy cerca de la mía.
Golpea la puerta dos veces. El sonido, aunque suave, resuena con una extraña solemnidad. Luego abre con lentitud, como si temiera interrumpir algo sagrado.
Y entonces la veo.
Lilith está sentada junto al gran ventanal que da al bosque en la parte trasera de la mansión. Su pequeña silueta apenas se mueve. Observa los árboles como si el mundo estuviera allá afuera, no aquí dentro. Como si se perdiera a propósito en la intimidad de la naturaleza.
—Lilith —dice Magda con suavidad, atrayendo su atención.
Sus ojos negros se posan en nosotras. Hay poco interés al principio… hasta que se detienen en mí. Me observa. No con sorpresa. No con miedo. Solo con esa distancia dolorosa que los niños desarrollan cuando han sido heridos más veces de las que deberían.
Tiene ojos negros. Iguales a los de Alan, mi hijo.
Hermosos como piedras de ónix.
Fríos como el cielo antes de una tormenta.
—Ella es la señorita Evelyn Hart. Será tu niñera a partir de ahora.
Lilith me mira con un dejo de curiosidad contenida. Magda, antes de irse, me lanza una mirada que no logro descifrar del todo. ¿Era un pedido de paciencia? ¿Una advertencia velada? No lo sé. Pero no necesito muchas señales para saber que esta niña ha vivido más sombras que juegos.
—Hola, Lilith —digo con una voz baja y aterciopelada. Camino con cautela, como si un movimiento en falso pudiera romperla.
—Hola —responde. Y respiro, aliviada. No se ha cerrado del todo.
A sus pies hay muchas hojas de papel y algunos colores dispersos, pero ni un solo dibujo. Me siento en el suelo, junto a ese caos en blanco.
—¿Te gusta dibujar? —pregunto, sin querer presionarla.
—Un poco —responde después de un largo silencio.
—Yo no sé dibujar, pero hay algo que sí sé hacer…
Tomo una de las hojas. Mis dedos se mueven con una memoria casi automática. Doblo, marco, giro. Aprendí origami cuando tenía apenas doce años. Mi tía Lucy hacía magia con el papel, y yo la observaba como si fuera un hada. Era mi refugio en esos días grises.
Y como si el universo entendiera, Lilith observa mis manos con creciente interés. Sus ojos se agrandan al ver el cisne de papel que emerge de la hoja blanca. Lo alzo frente a ella, ofreciéndoselo.
—¿Te gusta?
Asiente con una leve sonrisa. Sus rizos dorados caen sobre su frente, dándole un aire casi angelical. Un ángel triste.
—¿Quieres aprender a hacerlo?
—Sí —dice apenas en un susurro.
Le indico con la mano que se acerque. Ella baja lentamente de la ventana y se sienta frente a mí. Le paso una hoja y comenzamos.
Sus primeros intentos fallan, claro. Frunce el ceño, frustrada. Es impaciente. Inquieta. Pero yo río con suavidad, y mi risa parece contagiarle algo de alivio.
—¿Te burlas de mí? —pregunta, cruzándose de brazos.
—No, pero tus cisnes parecen murciélagos —digo con una risa contenida.
—Es verdad, son muy feos —responde ella entre carcajadas.
—Yo tardé años en hacerlos bien. La clave es la paciencia, el esfuerzo… y un estómago lleno —añado con un guiño.
—¿El estómago lleno? —arruga la frente, confundida.
—Con hambre no se piensa bien y no se aprende nada —respondo, señalándola con el dedo—. Si no comes, seguirás haciendo murciélagos en vez de cisnes.
Guarda silencio. Analiza mis palabras como si estuviera decidiendo si confiar en mí… o no. Los niños son sabios en eso. Y aún así, la inocencia los traiciona con facilidad.
—Leche y galletas —dice al fin.
Sonrío. Ese simple gesto me calienta el pecho como una chispa.
—¿Quieres leche y galletas? —confirmo, y ella asiente.
Me levanto con suavidad, como si un ruido fuerte pudiera romper el hechizo, y salgo hacia la cocina. Las cocineras me miran como si hubiera hecho un milagro. Me cuentan que lleva tres días sin comer. Magda me agradece tantas veces que casi me hace sentir incómoda.
Cuando regreso, traigo leche tibia y galletas recién horneadas. Lilith las devora, incluso las que eran para mí. Y no me molesta. De hecho, me parte el alma. Imaginar a una niña tan pequeña aguantando hambre durante tres días es una imagen que me perseguirá por un tiempo.
Pero también me demuestra algo:
Lilith tiene carácter.
Y tiene voluntad.
Eso no se enseña. Se sobrevive con eso.
Mi primer objetivo está cumplido: logró comer.
Ahora viene el siguiente.
El más difícil.
El más oscuro.
Hablar con su padre.
Mirarlo a los ojos.
Y decirle unas cuantas verdades… aunque me queme la lengua al hacerlo.